domingo, 15 de abril de 2018

What do we say to the god of death?


Hace justo diez días cumplí 35 años. Madre mía. A veces tengo que contarlos, que echar cuentas, que asegurarme. Porque me parecen muchos. Luego me doy cuenta de que lo que yo opine, al tiempo le importa una mierda. Él sigue a lo suyo, ajeno a que queramos que vuele o que se detenga. No hay nada como el tiempo, que sigue a tu trantrán ajeno a las opiniones de todo el mundo.
El caso es que he llegado a la mitad de la treintena. Los abuelos de mi trabajo me dieron muchos besos, muchos abrazos y hasta algún regalito ese día. Son más bonitos que un sol. Y todos me decían lo mismo “pero si aún eres muy joven”, “huy, quién los pillara”, “si estás en lo mejor”. La mayor parte me aseguraban que no los aparento. Y una mujer, una preciosa y adorable que está entre mis favoritas, me dijo que me deseaba que llegara al menos a los suyos. 97 primaveras, oye. Ahí es nada. Y se lo dije de corazón “que si llego, que sea como ella”.
Esa misma noche, después de un día bastante feliz, de haber comido con mis padres, los yayos y el Niño Chico, me enteré que se había muerto un chaval del equipo de rugby del Ross. Un tipo que era una leyenda porque había llegado a la selección nacional. Un tipo grandote y risueño, con unas espaldas como un armario de tres cuerpos y unas enormes manazas que te apretaban y te hacían migas. Era como un ogro bonachón, que me levantaba con un sólo brazo y se reía fuerte, con estruendo, cerrando sus ojillos negros. El año pasado en el torneo de todas las primaveras estuve mucho rato hablando con él. Nos relataba historias de sus años de Erasmus, sus aventuras por Europa y nos hacía reír a todos a carcajadas. Qué loco el tío, qué cosas nos contaba. Y bebía cerveza y se reía de nuevo y nos seguía amenizando la noche con anécdotas disparatadas.
Pues ya no está. Más de cien kilos de músculo y fuerza bruta reducidos a cenizas. Ya se sabe, polvo al polvo y tal. Que la tierra te sea leve, compañero.
Mi cumpleaños, qué maldito, ni un año me deja irme de rositas por completo.
El caso es que me dio por pensar. He cumplido 35. No son muchos. No hoy en día. No en esta engañifa que llamamos primer mundo. Pero es la esperanza de vida en muchos países aún hoy en día. Es más de lo que conseguían vivir algunos de nuestros antepasados. Es más de lo que ha vivido alguna gente que ya he dejado por el camino.
Tenía una amiga en el pueblo de mi padre que murió cuando cumplimos los 9 años. Meningitis. Dos semanas antes estuve con ella jugando en la plaza de ese pueblucho y me dijo que le dolía la cabeza. Yo me fui a la playa con mis padres. Cuando volvimos, la habían enterrado vestida con su traje de comunión.
En julio va a hacer tres años que se murió mi amigo AD de Pueblodelsur. Mi vecino de enfrente los veranos de la adolescencia, el primero con el que monté en moto, el que me traía cestas de higos, el que me hacía rabiar y me sonreía desde su puerta cuando llegaba los viernes por la noche desde Madrid. Le había visto una semana antes cuando estuve con los blogger de quedada veraniega. Y una noche mientras trabajaba, un camión se lo llevó por delante con 33 años.

Quizás parece una reflexión extraña para un post más o menos de cumpleaños. Quizás parece un tanto deprimente. La muerte nos inquieta, nos incomoda, nos pone en guardia. Quizás porque no la controlamos. Quizás porque sabemos que, sin saberlo, cada año pasamos por el día que vamos a morir. Quizás porque es la única certeza y a la vez la mayor duda que tenemos desde que somos conscientes de nuestra propia existencia. Quizás porque vivimos en una cultura aséptica y estúpida que trata de vendernos la juventud, la belleza y la perfección a todas horas. Quizás, simplemente, porque no sabemos lo que nos espera al otro lado y la incertidumbre nos asusta.

En todo caso, yo trato de tomarlo por el lado bueno, que lo hay. Cada día que estamos vivos es un triunfo. Porque muchos dejan de estarlo. Y cuando va pasando la vida te vas dando cuenta de ello. Vas dejando compañeros y amigos por el camino. Se van quedando y tú sigues. Y no entiendes muy bien la razón de lo uno ni de lo otro. Pero te levantas al día siguiente, vivo. Y tienes que aprovecharlo, porque no hay seguridad, no hay garantías. Todos creemos que llegaremos a viejos, pero quizás no sea así. Quizás, algún día seamos nosotros los que nos quedemos por el camino y otros los que nos recuerden y traten de seguir adelante y de despertarse al día siguiente. Por eso mientras uno pueda tiene que ser feliz, disfrutar, reírse y contar anécdotas divertidas. Tiene que vivir, en la mejor acepción de la palabra. Porque un día, uno, el que sea, ya no podremos hacerlo.

Total, 35 años. No es mucho todavía, pero no es poco. Me gusta, porque va sumando. Porque de momento, hasta hoy, cada vez que el dios de la muerte se me ha presentado le he podido decir: not today.

lunes, 2 de abril de 2018

el semi sueño semi cumplido


He pasado la Semana Santa haciendo el vago. Lo necesitaba, las semanas anteriores fueron bastante chungas en el trabajo y estaba cansada. Así que he visto un montón de series, he leído mucho, he escrito bastante y he dormido siestas largas abrazada a los gatos. Ha sido una gran semana.
También quedé una tarde con Chema y con Álter, nos pelamos de frío pero nos reímos mucho y aprendí lo que son los límites matemáticos, que hay gente que tiene el pelo peludo y que la canción de la numeración del Puma es una plaga.
Al día siguiente me quedé en casa atrincherada porque me dolían los ovarios y tenía aún dos capítulos de la tercera temporada de Outlander, que sin ser como la primera, me ha gustado mucho. Ahora me siento sola y vacía sin mi pelirrojo y voy a tener que ver las escenas porno en bucle hasta que salga la cuarta temporada. Ya por la noche estaba aquí tirada en pijama y despeinada cuando me llamó mi amigo Poli. Que qué tal, que blablá. Que quería cenar gratis, vaya. Se vino y se acopló en mi sofá y se tapó con mi manta. No sé qué tiene este sofá baratero de ikea que todo el que viene se hace una especie de nido en una esquina y se queda atrapado. Luego nos contamos cosas, nos reímos muchísimo y hablamos de millenials y de heces restregadas en la pared. No preguntéis.
Y entonces, entre risas y conversaciones, pasó lo que tenía que pasar. Ocurrió, no vamos a negarlo. Era algo que tenía que llegar tarde o temprano.


ME HIZO UN DIRTY DANCING.

Empezó a pedirme leer un poco de mi no-novela. Le dije que no y a pesar de sus técnicas policiales de mierda, le dije que si hacíamos el dirty dancing me lo pensaba. Francamente, pensé que no podía hacerlo. A ver, que sí, que está más o menos fuerte y yo peso poco. Pero. El caso es que aceptó, muy decidido como es él. “Claro que sí, dirty dancing, venga, vamos.” Y yo le miraba y valoraba la escena. El tipo medirá algo más de 1,70. Si estira los brazos por encima de la cabeza nos ponemos a una altura de más de dos metros. Si a eso le añadimos que soy más torpe que un pato, vamos mal. Si también contamos con que estaba con la regla y eso hace que esté menos fuerte, menos flexible y considerablemente hinchada, vamos peor. Y si terminamos de rematarlo con mi capacidad para la risa floja y absurda, pues ya vamos fatal. Así que pensamos en hacerlo con él de rodillas. Se pondría de rodillas delante de mi cama, yo saltaría, él me cogería y en el peor de los casos, caería de cabeza en la cama. Los daños parecían mínimos para la posibilidad de cumplir el sueño de mi puta vida y hacer un dirty dancing. O algo remotamente parecido.
Así que al final me decidí a intentarlo. Las primeras veces conseguí patalear un poco en el aire y descojonarme de la risa mientras iba de cabeza a la cama. Pero poco a poco pulimos la técnica. Y sí está fuerte el Poli, sí. Que el tío me levanta y me aguanta ahí arriba como un jabato. Al final, cuando estaba a punto de asumir mi derrota, mi fracaso, mi incapacidad para cumplir mi sueño, lo conseguí. Me quedé en el aire, estiré bien las piernas, hice fuerza con el abdomen a pesar de lo mucho que me dolía el puñetero útero y abrí los brazos. Qué maravilla. Algún día moriré y después de de mi temporada en el purgatorio, iré al cielo y buscaré a Patrick Swayze y le pediré un bailecito con momento volandero incluido. Obviamente para entonces yo bailaré bien, porque es lo que tiene el cielo, que tienes todas las cosas guays que deseabas en vida y sonará Hungry Eyes y el bueno de Patrick llevará su camiseta negra ceñida y estará tan guapo como en esa peli. Y bailará conmigo y me levantará por los aires. Y todos aplaudirán. Y seré la reina del baile en vez de la torpe de la esquina por una vez. Y entonces vendrá mi pelirrojo y me cogerá de los brazos de Patrick y me llevará a una ladera escocesa cabalgando los dos juntos tapados con su tartán y luego junto al fuego...
Vale, creo que he visto muchas veces las escenas erótico-festivas en los últimos días.

El caso, que he conseguido algo remotamente parecido a un sueño que tenía yo ahí enquistado. No es el hombre de mis sueños el que me levantaba, no tengo cojones para hacerlo de pie e iba con un pijama en lugar de llevar un vaporoso vestido. Pero bueno, yo soy así, muy de low cost.
Y por cierto, por si también es vuestro sueño os informo: si estás un rato ensayando, al final te quedan cardenales en las caderas. Que en las películas estas cosas no te las cuentan.

P.D: le dejé leer tres páginas de la no-novela.

jueves, 29 de marzo de 2018

El lado moñas y el culo del pelirrojo


Hoy he venido a descubriros que en realidad soy una moñas. Mucho rollo de chica dura, mucha mala leche, mucho blablá y al final, una moñas. Para que veas. Quién me lo iba a decir. Y he llegado a esta profunda conclusión gracias a Outlander. Y diréis “¿ya viene la pesada esta a hablarnos otra vez de series y del pelirrojo de sus amores?”. Evidentemente SÍ. Y supongo que habrá algú spoiler, así que si sois de los susceptibles que se quejan porque se desvela en final de la Segunda Guerra Mundial, no leais más.
A ver, ya he dicho mil veces que las series son mi pasión. Y descubrí Outlander casi por casualidad. Me la recomendaron, la ví anunciada y al final me animé a verla. Pero vamos, que al principio sin mucha ilusión puesta en el tema. Luego me enamoré mucho. Del pelirrojo, de la trama, de los vestidos antiguos, del pelirrojo, de los kilt, del acento escocés, del pelirrojo, de Escocia, del culo del pelirrojo, de los hombros del pelirrojo, de los pectorales del pelirrojo, de los abdominales y los oblicuos del pelirrojo... en fin. Os hacéis una idea.
El final no me gustó mucho. Pero aún así, me descargué la novela y me la leí un poco en diagonal. No tengo mucha paciencia para ciertas lecturas, pero devoré el tocho buscando las cosas que no salen en la serie o que son diferentes. Y bueno, no es un buen libro, pero yo visualizaba al pelirrojo y me valía todo.
Entonces llegué a la segunda temporada. Y tengo que decir que no me gustó nada. Hay un montón de problemas, intrigas palaciegas que no interesan a nadie, una batalla absurda contra el destino y cuando al fin vuelven a Escocia, es para pasar penurias. Y a todo esto, ni una escena de sexo decente. Capítulos enteros sin verle el culo al pelirrojo. Oiga, yo no he venido aquí para esto.
Porque a ver, es algo que quiero comentar de esta serie y de paso, del libro. No es que yo vaya buscando porno. Si quisiera porno, vería o leería porno. Es cuestión de que si empiezas una escena, dame un poco más que un fundido en negro. Digo yo, vamos. En la primera temporada hay capítulos que piensas “¿Pero cuánto folla esta gente? ¿No se cansan? ¿Pero otra vez? Madre mía, qué virilidades las del pelirrojo...” Y venga a verle el cuerpo ese que Dios y el gimnasio le han dado. Pero en la segunda temporada, entre que la historia es otra, que entre los personajes hay problemas y que el director debía ser más recatado, no hay nada. Y en una ocasión que parece que por fin va a haber algo de carnaza, pum, fundido en negro. No me jodas.
En el libro pasa algo parecido. Hay veces que la tía se explaya un poco más, veces que lo deja muy en el aire y veces que te pone los dientes largos para nada porque cuando está realmente entrando en materia, cambia de escena y ya ha pasado todo. A mí eso me parece un coitus interrumptus literario en toda regla. Y no me gusta excesivamente la narrativa erótica, pero coño, una escena bien llevada no tiene por qué caer en groserías ni en vulgaridades y ser sensual y darle un toque a la historia.
Bueno, resumiendo, que la segunda temporada no me ha gustado nada y he visto demasiado poco el culo del pelirrojo. Y que como decía al principio me he dado cuenta de que soy una moñas. Porque la gente se queja de que la primera temporada roza lo empalagoso con tanto amor y a mí precisamente es lo que me gustó. Quizás busco en las series una especie de sobrecompensación, pero estoy harta de problemas, de gente que se muere, de enfermedad, de soledad, de pérdidas, de echar de menos, de tensiones. Vivo a diario con esos malos rollos en el trabajo, porque es lo que tiene trabajar con ancianos. Les adoro y soy feliz en mi trabajo, pero la realidad es esa: enfermedad, muerte, problemas, soledad, enfrentamientos. Y cuando salgo y me repanchingo en el sofá, lo que quiero es gente feliz, mucho amor, risas y culos bien formados de pelirrojos fornidos. Así que ahora veo series que me hagan feliz o que me cuenten una historia que me interese, pero nada que me torture el alma.
Ahora he empezado la tercera temporada. No sé qué pasará con la trama pero de momento me está gustando un poco más. Y la media de culos de pelirrojo por capítulo no es óptima, pero no está mal del todo. Así que por ahora, me quedo.

Por cierto, he vuelto a mis clases de inglés que tuve que abandonar cuando tuve los dos trabajos a la vez. Y diréis, ah, qué bien, para saber más, conocer otro idioma, viajar, tener mejores oportunidades laborales en el futuro. Pues no. Es por si un día me encuentro con Sam Heughan, para poder hacerle ofrecimientos obscenos que no pueda rechazar. O por si un día me da un siroco y me voy a Escocia en busca de culos pelirrojos. Lo que ocurra antes.


martes, 13 de marzo de 2018

Las peores técnicas policiales del mundo


Desde que dije que había escrito una no-novela, todo el mundo (o sea, los cuatro o cinco lectores que tengo) me han dicho que les gustaría leerla. Genial. Sólo tengo que convencerlos de que me paguen mil euros cada uno para que el asunto sea medio rentable y pueda al menos hacer un viajecito.
En fin, de verdad que cuando lo conté fue porque me sentía orgullosa de haber terminado un proyecto por una vez en la vida, no porque realmente quiera que la gente me haga la bola y me diga que anda, que me anime, que publique y que blablá. No es mi rollo. Si alguna vez escribo algo que crea que merece la pena lo publicaré y lo diré y punto. Incluso puede que lo reparta gratis si realmente creo que mola leerlo, como publico gratis mis mierdas en el blog. Pero en este caso no es así. He leído lo suficiente como para saber cuando algo es bueno y cuando no. No es falsa modestia, no es buscar el halago, no es nada de eso. Es que no escribo lo bastante bien y no tengo suficiente ego como para publicar una patata y esperar que alguien lo lea.

Lo mejor de todo ha sido hoy, que me ha llamado mi amigo Poli. Aún me sorprende tener un amigo policía. Y aún creo que o es el peor policía del mundo (que yo diga esto es un halago. Un halago extraño, pero un halago) o que tiene dos caras. Eso no sería raro, yo no soy la misma en el trabajo que en mi vida. Mis compañeros que creen que soy un tanto fría y distante, que tengo mal pronto y que estoy medio loca, alucinan porque en cuanto salgo por la puerta del despacho me deshago en mimos con los abuelos, les doy besos, les hago bromas y no pierdo nunca la paciencia. Igual mi amigo Poli es así. No lo sé. Y espero no tener que comprobarlo.
El caso es que me ha llamado con la perra de que quiere leer mi no-novela. Le he dicho que no. Y he empezado con sus técnicas de interrogatorio propias de un policía tipo “porfa, porfa, porfa, anda, porfiiiii”. Como eso no ha funcionado, ha intentado buscar un punto débil en mi argumentación. Si a mí me da vergüenza enseñar mi novela, él podría hacer algo vergonzoso a cambio. Ha pensado un segundo y me ha dicho “puedo leerla desnudo”.
He soltado una carcajada de tal magnitud que he despertado al pobre Ron, que intentaba dormir la siesta en mi regazo apaciblemente. La verdad es que no me planteo que nadie lea lo que escribo, pero que lo lea desnudo es más de lo que puedo imaginar sin entrar en shock.
Como eso tampoco ha funcionado, más que nada porque no quiero un culo peludo en mi sofá ni me apetece ver a nadie desnudo, ha decidido negociar. Y espero que nunca sea policía de esos que negocian con secuestradores o atracadores de bancos o estamos perdidos. Ha empezado porque le dejara leer un par de capítulos. Ha bajado a uno. Luego me ha intentado sobornar diciendo que está fuerte y podría hacerme un dirty dancing (lo de levantar por el aire, ya sabéis). 15 minutos de lectura y tres o cuatro dirty dancing. Sin que yo dijera nada, ha bajado a 10 minutos de lectura e infinitos dirty dancing. Mientras yo me reía, ha ofrecido dirty dancing gratis, sin leer ni nada. Luego lo ha pensado y me ha pedido leer durante 5 minutos. Y al final se ha rebajado a sí mismo a leer lo que yo le diera, lo que fuera. Y eso, con infinitos dirty dancing.
Me le imagino hablando con los atracadores de un banco “¿Queréis tres millones de euros? ¡Os doy cuatro! ¡No, cinco! Y un avión privado para huir. Y podéis llevaros a los rehenes. ¡Seis, seis millones! ¡Y que alguien les mande unos bocatas de tortilla mientras se lo piensan, rápido!”

Total, puede que Poli sea el peor negociador del mundo. Puede que no sea muy bueno interrogando. Puede que ni siquiera me pueda levantar por el aire a lo dirty dancing y sea una vacilada suya. Pero es un amigo estupendo. Puede que el mejor amigo que tengo ahora mismo. Es noble, leal y puedes contar siempre con él. Me ayuda, me escucha, me hace reír. Me cuenta cosas, me comprende y a veces viene a mi trabajo para tomar café conmigo. Me da unos abrazos estupendos. Le puedo contar todo. Podemos debatir de machismo y acepta sus privilegios y quiere aprender a ser mejor. Y lo pasamos bien juntos. Y aunque nunca se lo diga, es guapo y tiene unos ojos verdes preciosos. Poli mola, mola muchísimo. Y me alegro mucho de que se cruzara en mi vida porque nunca viene mal un amigo que esté del lado de la ley. Y porque me temo que al final me convenza y sea el único lector de mi no-novela. Y porque espero que después de leer ese truño que he escrito siga pensando que soy guay, que escribo bien y me haga un dirty dancing.

P.D. Poli, esto no es que esté segura de dejarte leerla, es sólo que lo estoy considerando. Pero lo demás es cierto. Lo sabes, porque nos lo decimos todo, pero a veces está bien escuchar o leer las cosas en público. Eres el mejor amigo del mundo. Y tienes tu novia y tu niña, y yo tengo mis propios asuntos, pero como somos gente sana mentalmente lo puedo decir bien alto: te quiero, te quiero muchísimo.

lunes, 5 de marzo de 2018

la no-novela.


Llevo escribiendo toda la vida. No me recuerdo a mí misma sin saber leer y escribir. Lo primero que hay por ahí escrito por mí es una felicitación de navidad a los yayos, deseando feliz 1986. Yo tenía dos años y medio. Fui, digamos, precoz. Y no creo que es porque fuera especialmente lista, es simplemente que los juegos de niños no me gustaban y yo quería saber qué ponía en esas cosas que los mayores miraban durante tanto tiempo con atención. Fue más curiosidad que otra cosa.
Mi primera historia completa se llamaba “El sol y yo” y era un cuento ilustrado con dibujos en el que el sol venía a despertarme y llamaba a mi ventana y nos hacíamos amigos. Es que la lluvia nunca me ha gustado. Tenía 4 años, porque lo hice en clase de párvulos mientras me aburría porque mis compañeros estaban aprendiendo las vocales. El siguiente fue “El perro de P.S”, que era mi amiga de clase y contaba la historia del perro de su abuelo, que le ponían el collar y lo sacaban a pasear. También tenía sus dibujos y todo. Digamos que los 4 años fueron una época de mucha productividad literaria debida a mi aburrimiento supremo en el colegio.
Desde entonces he escrito casi sin parar. Diarios, cuadernos, meditaciones, sueños, cartas, cuentos, historias, el primer blog, este blog... si todas las letras que he escrito en mi vida tomaran forma, como las de la sopa, me sepultarían viva.
Sin embargo, ahora, por primera vez, he terminado algo que podría ser una novela. Quizás, como diría Unamuno, no llegue a ser novela y sea “nivola”. Y claramente tampoco sería eso porque osar a compararse con Don Miguel es demasiado para cualquiera. Quizás sea una no-novela, que es como si tartamudearas y la negaras a la vez. Así que no lo será, no os preocupéis, no voy a publicarla y a daros la tabarra para que la compréis. Me muero de vergüenza sólo de pensarlo. Hoy en día cualquier mongoloide junta cuatro letras y las publica. A veces es famosete de medio pelo y se la publican. Otras, su propio ego le hace autopublicarla y creerse escritor. Porque veo cada cosa en twitter, por ejemplo, que no doy crédito. Y se llaman a sí mismos poetas por ponerse intensitos y decir obviedades absurdas utilizando el intro de manera aleatoria para crear espacios. Escritores y poetas. Y se lo dicen ellos solitos. Madre mía los egos. Y hay quien les lee y todo. En fin. What time to be alive.
Decía que no, no publicaría nunca. Pero la he terminado. Y me siento extrañamente orgullosa de mí misma. Porque la mayor parte de las veces escribo sin ton ni son y no son cosas con un principio y un final, que cuenten una historia más o menos bien hilada. Sólo sólo retazos desordenados y caóticos, como yo misma. Pero esta vez lo he conseguido. Y aunque no llegue nunca a ver la luz, quería decirlo.
Y habrá quien diga, “mujer, ya que lo has escrito...” Pero no. Creo que la frase esa de que hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol ha hecho mucho daño. Y de verdad, el mundo no necesita más niños malcriados, ni más libros de mierda. Mejor plantad tres árboles y con un poco de suerte no moriremos asfixiados en un par de décadas. Pero bueno, esto es una visión chunga mía del asunto, que creo que sobramos humanos y que la mayor parte de lo que se escribe hoy en día es de ínfima calidad. Y como no creo que yo lo haga mejor, pues me quedaré aquí con mi blog sin ínfulas pretenciosas. Yo es que soy una mujer humilde. Prefiero los gatos a los hijos y los post divertidos de blog en vez de los libros malos.

sábado, 24 de febrero de 2018

Send pelirrojos

Me gustan los pelirrojos. No es ninguna novedad, lo he debido decir como mil veces. Mi madre dice que desde pequeña he sentido cierta fascinación por ellos porque me quedaba mirándolos embobada antes de saber ni hablar. Ahora sé hablar, pero como se me ponga un pelirrojo guapo delante, se me olvida.
El tema es que últimamente he estado viendo aún más series de las habituales. Las ventajas de Netflix, que es una de las muchas cosas buenas que me han pasado últimamente. Vivo ajena al mundo real, a las noticias, el fútbol, la política y los anuncios. Veo series a todas horas. Comedias, dramas, románticas, policíacas, de animación. Y qué felicidad. Qué diez euros más bien invertidos. Y qué de pelirrojos guapos en pantalla, por favor.

Así que, rememorando aquellos tiempos en los que hacía listas de hombres guapos para el blog, voy a hacer el top five de pelirrojos que me vuelven loca.
  1. Kevin Mckidd. El Doctor Hunt. Anatomía de Grey.
    No es nuevo en mis listas, ya salió antaño. Es que es muy, muy guapo este hombre. Me gustaba mucho el personaje también, pero abandoné la serie. Aún así, este pelirrojo merece estar en la lista
  1. Kristofer Hivju. Tormund. Juego de Tronos.
    Reconozco que he tenido que hacer corta-pega de su nombre porque es Noruego y tiene nombre vikingo impronunciable. Pero cómo no adorar a Tormund, tan bruto, tan grande, tan pelirrojo, tan barbudo. Con esa voz tan profunda. Con esas pieles que me lleva de vivir más allá del muro, que parece que es inmune al frío.

  1. Joe Dempsie. Chris Miles / Gendry. Skins /Juego de Tronos.
    Yo ya estaba enchochada de este muchacho por la serie Skins, de la que ya he hablado antes. Pero es que se ha convertido en todo un hombretón capaz de hacerse herrero y forjar martillos. En Juego de Tronos sale teñido de oscuro por exigencias del guión, pero es un pelirrojo de esos que están muy cerca de ser rubios cobrizos y me encanta. Además, creo que es chaval tiene unos rasgos muy bonitos de manera objetiva, creo que es guapo, guapísimo. Así, sin más.

  1. Jack O´Conell. James Cook. Skins.
    A ver, he estado pensando mucho si ponerle en el número 1 porque yo vivo enamorada de este chico. Pero mucho. Creo que él fue el primer personaje de una serie que me caló tan hondo, que me hizo estremecer, que me hizo sentir casi a nivel real algo por él. Me parece el hombre más sexy, más erótico, más excitante del mundo. La 4 temporada (en la 3 es un poco niño aún) es una pesadilla para mí porque me la paso babeando a la pantalla cada vez que sale. Últimamente he dado bastante la turra con él en twitter, pero insisto, si alguien le conoce, que le diga que le quiero. Y que por favor venga a frungir conmigo as soon as posible.


  1. Sam Heughan. James Fraser. Outlander.
    Se ha ganado ser el numbre one de la lista porque este HOMBRE, con mayúsculas, es lo más parecido a un sueño que he visto nunca. Si me hubieran dicho que describiese a mi hombre perfecto, que lo imaginase, que lo hiciese a mi medida, sería él. Así, tal cual. Es per-fec-to. Y por su culpa muchas noches pienso en dejar mi vida aquí tirada y pirarme a Escocia a ver si viajo en el tiempo y me encuentro a uno como él para casarme. Y sí, yo, la antibodas, digo casarme. Porque con el capítulo de la boda casi me deshidrato. Yo quiero casarme con Sam. Por favor, que se lo hagan de saber también. Que estoy aquí, que le amo y que quiero casarme con él. Y como es lo más de lo más, pongo dos fotos. Porque no he podido decidirme. Por favor, deleitaos con la belleza. Pero no mucho, que es mío. Y ya sé que es un poco más rubio de lo que sale en la serie, pero a quién le importa. 

sábado, 17 de febrero de 2018

El prepucio incómodo

¿Recordáis cuando dije que estaba pensando cerrar el blog por temas de trabajo pero que mientras no hablara de trabajo no pasaría nada? Bueno, pues he venido a pasármelo por el forro de las bragas porque yo soy así.
El caso es que en dos días han pasado tantas cosas graciosas que me cuesta resistirme a contarlas. Y no son motivo de despido. Creo. Espero. Madre mía, si me despiden será vuestra culpa y entre todos pondréis un euro al mes para que pueda seguir comiendo.
Además pregunté en twitter, ¿qué hago, lo cuento y corro el riesgo de volver al paro, os hablo de inocentes anécdotas de mis gatos o abro un blog porno? No puedo decir que me sorprendiera que ganara la opción del blog porno, pero ya he comprobado que no valgo para gestionar más de un blog ni más de una cuenta en twitter. Apenas valgo para dos páginas de facebook y eso que apenas las uso.
Y eso me recuerda que hace años el dueño de mis sábanas me animó fervientemente a que escribiera una novela subida de tono. Me decía que yo tengo un don para narrar escenas eróticas y que si metía algo fuerte y a la vez algo romántico, triunfaría. Pero pensé “¿a quién coño le interesaría leer esa bazofia? ¿cuantas marujas insatisfechas puede haber por el mundo?” No mucho tiempo después, el pelotazo de las 50 sombras de su puta madre en bicicleta. Qué poca visión de negocio, Naar. Yo que podría estar retirada en las Bahamas viviendo del cuento y mira, aquí estoy, yendo a trabajar todos los días.
Pro suerte me lo paso bien en mi trabajo. Hay días que no, obviamente, pero casi siempre me divierto. Me gusta trabajar con personas, me caen bien los compañeros, me encanta mi jefe y adoro a los abuelos. Así que me sólo me arrepiento en parte de no ser la autora de una novela pseudo porno de cuestionable calidad.
Como ejemplo de mi diversión en el trabajo, el otro día estaba en mi despacho peleando con el programa informático que quiero poner en marcha para mi servicio. Estaba concentrada en los cuadrantes, cuando entra una compañera a la que llamaremos Vera. No me llevo mal con ella, pero tampoco tenemos un feeling especialmente bueno. El caso es que entra y me espeta:

  • Voy a llamar a mi madre, estoy preocupada porque hoy operaban a mi hermano.
  • Ah, ¿Y está bien? - pregunto por cortesía.
  • Sí, si es una operación del frenillo.

¿Frenillo? ¿El de la lengua? ¿Ceceaba el muchacho? ¿El del labio? ¿O el otro frenillo? No, no puede ser “ese” frenillo. No. No, ¿verdad?

  • Es que últimamente le dolía mucho al hacerlo.- pero por qué me está contando esto. Trato de asentir. - Ya sabes, al hacerlo. - repite ante mi cara de pasmo.
  • Ajá. - no te rías, Naar, no te rías.
  • Que hace tiempo ya le miraron para operarle del prepucio también.

¿Prepucio? ¿Ha dicho prepucio? No pienses en prepucios, no hagas imágenes mentales, por lo que más quieras. Y no te rías. Te estás riendo, Naar, te estás riendo. Disimula. Dí algo ingenioso... o algo no ingenioso. Di algo, lo que sea. O finge que se te ha caído algo y métete debajo del escritorio y huye haciendo la croqueta. Finge una emergencia. Finge tu propia muerte. Haz lo que quieras pero deja de reírte. Madre mía, ¿por qué me está haciendo esto? ¿Qué querrá esta loca del prepucio de mí?

  • Eh... hummm... ah.
  • Y claro, ahora A LOS 30 AÑOS al final le han tenido que operar porque últimamente por lo visto estaba peor.

¿Peor? ¿Peor? ¿Peor de qué? ¿Del frenillo, del prepucio? Lo único peor que se me ocurre es una compañera de trabajo que te hable del pene defectuoso de su hermano DE 30 PUTOS AÑOS que al parecer no ha frungido en condiciones en su vida, porque si lo hubiera hecho le hubiera pasado como a un par de ellos que yo me sé que se les rompió por las buenas. Genial, ahora estoy pensando en más penes. ¿Por qué no viene nadie? ¿Por qué este despacho siempre parece el camarote de los hermanos Marx y ahora no interrumpe nadie este momento tan incómodo?

  • Ya... es lo que tiene. - digo tratando por todos los medios de ponerme seria, pero la risa nerviosa se ha apoderado de mí.
  • Y por lo visto lo que más le ha dolido de todo es el pinchazo de la anestesia.
  • Hombre, piensa que un pinchazo en la punta del... - Dios mío, ¿estoy diciendo lo que creo que estoy diciendo? ¿Y sigo pensando en penes? Por qué, zeñó, por qué.

A todo esto, no sé cómo, me había puesto de pie, me estaba balanceando, tratando de aguantarme la risa histérica y había abandonado mi ordenador y mi programa a medio instalar a su suerte. Estaba valorando seriamente salir corriendo, ir al despacho del director y presentar en ese mismo momento mi renuncia, cuando a Vera le sonó el móvil. Aproveché ese momento para huir vilmente y no volver hasta asegurarme de que hubiera más gente en el despacho.

Por si alguien se lo pregunta, no sé cómo terminó la historia. En cuanto pude recogí mis bártulos y me marché. Y a no ser que sea estrictamente necesario, no pienso volver a hablar de frenillos ni de prepucios en el trabajo, que llevo tres días intentando borrar la imagen mental de mi cerebro.