lunes, 6 de noviembre de 2017

Un reto de bigotes, un carro robado... y una mierda.

La semana pasada fue... larga. El miércoles salí de trabajar y me fui a tomar algo con Álter y unos cuantos amigos de los gatos para celebrar Halloween. Nos dieron unas máscaras muy chulas y colaboramos en un proyecto para recaudar comidita para gatos que lo necesitan. Aún estáis a tiempo de echar una pata, mirad el Blog de una madre desesperada que explica muy bien el #Retodebigotes.
El jueves fue fiesta y me fui a pasar el día con mi familia casa de los yayos, lo que está muy bien, pero es más cansado de lo que parece. El viernes fui por ahí arrastrándome como pude y el sábado me tocó trabajar.
Digamos que cuando por fin salí a las 8 de la tarde y me subí en el coche (los sábados me lo puedo llevar al trabajo) lo único que quería era llegar a casa, hacerme una sopa de sobre y dejarme morir en el sofá hasta el día siguiente.
Obviamente, no ocurrió así.
Primero, como hemos cambiado de oficina, que maldita la hora del cambio, salí por una calle que no conocía, hice mal un desvío y terminé en la carretera de Zaragoza. Que a ver, que igual es muy bonita Zaragoza, pero no me apetecía lo más mínimo irme allí a ver a la Pilarica y cantarme unas jotas. Que yo quería volver a mi casa. Di un par de vueltas, me metí por un polígono industrial que daba un poco de yuyu y al fin, conseguí ponerme en la dirección correcta de la M30.
Llegué a mi barrio más tarde y más cansada de lo que esperaba, pero me fui al mercamoñas porque mi frigorífico parecía haber sido asediado por Atila y los Hunos más hambrientos. Compré ante la mirada de los cajeros y reponedores, que te juzgan por llegar cuando están a punto de cerrar. Y no me gusta hacerlo, pero mira, he tenido que trabajar, me he ido a dar una vuelta por Zaragoza, que me pillaba de paso y no he podido llegar antes.
A todo esto, me intentaron robar el carro. Así, tal cual. Cogí mi carro, lo tenía al lado mientras cogía unas patatas y antes de que me diera tiempo a ir a pesarlas y ponerles la pegatina, veo una tía que coge mi carro y empieza a andar. Me quedé tan atónita que tardé unos segundos en decirle:

  • Perdona, ese carro es mío.

La tía seguía andando con mi carro y la tuve que sujetar agarrando el carro de un lateral.

  • Te he dicho que el carro es mío.
  • ¿Ah, sí? Pues estaba ahí solo.
  • No, es mío, estaba cogiendo patatas justo al lado.
  • Pero es que estaba solo y vacío.
  • Ya, porque acabo de llegar, pero es mío.
  • Bueno, pero...
  • Mira, los carros vacíos están fuera y tienes que poner una moneda. Los de aquí dentro los ha cogido alguien CON SU PROPIA MONEDA.

Y me di la vuelta con mi carro y mis patatas. No sé si era despiste o sólo un poco de mala idea, pero a esas alturas estaba yo para pocas bromas. Así que terminé la compra, cargué el coche y me fui a casa. Sólo tuve que dar unas veinte vueltas para aparcar, haciendo una especie de rally con el vecino detrás en su propio coche, ya que éramos dos y en caso de haber sitio, iba a ser uno. Una competición muy absurda, calle arriba calle abajo con las patatas rodando por el maletero y mirándonos mal por el retrovisor. Al final gané yo y aparqué en una calle que se había quedado sólo con la mitad de las farolas. Cogí mis bolsas, las llaves, el megabolso del curro, las llaves del coche y me fui acelerando el paso y sin ver un carajo.
Cuando conseguí meterme en el ascensor e iba a pulsar el botón de mi planta, abre el portal el vecino. “Te he ganado por un cuerpo, chaval”, pensé un poco maliciosamente. Le di al botón de mantener la puerta abierta porque me han enseñado una cosa muy antigua y poco valorada hoy en día que se llama educación. Y entonces, el muy anormal, me dice “nonono... yo subo ya andando...” y echa a correr escaleras arriba. Mira, hay que ser gilipollas. Como estaba muy cansada, cargada de bolsas y harta del día, le dije “Pues tú mismo, chico”. Y cerré la puerta y pulsé mi piso.
Entonces empezó a ocurrir. Un olor raro, malo, horrible. Pensé que otra vez alguien habría bajado basura chorreando. O los niños del segundo, que son unos guarros. O... estaría debajo de mi puto pie porque había pisado la mierda más apestosa de la historia de las mierdas apestosas.
Por un momento me alegré de que mis vecinos huyan de mí. Luego lo pensé. Qué pena, con lo que hubiera disfrutado viendo su cara al olerlo.
Total, llegué a casa tardísimo, descalza, con las botas apestosas en la mano, las bolsas colgando del hombro que amenazaba con salirse del sitio, despelujada y a punto de echarme a llorar.
Menos mal que me estaban esperando mis gatos y una taza de sopa de sobre.

Espero que esta semana no se haga tan larga o que al menos no haya ninguna mierda. Literalmente.

miércoles, 25 de octubre de 2017

La falsa adulta

A veces creo que me he hecho adulta. Así en plan “vaya, qué mayor y qué madura soy”. Luego descubro que aún soy la Naar adolescente pero con la piel estropeada.
Esta mañana me levanté temprano aún no sé por qué. Estoy en una de esas fases de dormir poco. Otra vez. Y he pensado en ir al carrefour a por un teléfono inalámbrico nuevo, que el mío está para tirarlo a la basura. He llamado a mi madre, me he arreglado y he salido a la calle con las llaves del coche en la mano. En el portal he hecho mi propia versión del gif de Travolta en Pulp Fiction. ¿Dónde cojones estaba mi coche? ¿Eso no era el título de una película mala? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas si no bebo ni fumo sustancias psicotrópicas?
He pensado un segundo y me he encaminado hacia un lado de la calle. 50% de posibilidades de acertar. Encuentro mi coche. Mira qué mono él. Me miro la mano. Llevo las llaves del coche de mi madre porque el mío tiene la itv sin pasar y aún estoy esperando para llevarlo al taller como expliqué en el post anterior. Vale, estoy buscando otro coche. Y de nuevo ¿dónde cojones está el puto coche?
He dado varias vueltas. He tratado de estrujarme el cerebro ese absurdo que tengo mientras, por cierto, tarareaba la última canción de moda en el show de Naar. Por suerte, el hit de hoy no era el pavo real del Puma. He llamado a mi madre, no sé con qué fin porque ella vive en la otra punta del barrio.

  • Mamá... no te lo vas a creer, pero no encuentro el coche.
  • Eso es que eres hija de tu padre. - suelta una risilla. - ¿Recuerdas aquella vez que creía que se lo habían robado y nos tuvimos que quedar a dormir en casa de P y T siendo tú pequeña?
  • Sí, recuerdo. - admito con cierta derrota genética.
  • ¿Y cuando de verdad nos lo robaron y tú no nos creías?
  • Mamá, va en serio, no encuentro el coche... ¿Tú no sabes dónde está, verdad?
  • No. Pero una vez tu padre se montó en un coche que no era el suyo y...
  • Te llamo en un rato.

He vuelto a casa, he cogido las llaves de mi coche. Yo iba a ir al carrefour a por mi teléfono como fuera, con o sin itv, con o sin coche abollado. Cuando he llegado a mi coche, lo he visto. El de mis padres ataba apenas veinte metros más arriba.
Me he ido al carrefour. Me he comprado unas botas monísimas. Un suavizante para la ropa que es gloria bendita. Lejía. Pan. Y una sandwichera-grill.
He vuelto a casa con el tiempo justo de comerme un bocadillo y salir como loca para el trabajo, donde me encuentro a una de mis compañeras que me dice “¿te creerás que he venido y hoy me tocaba librar? Jajaja, lo que no me pase a mí...” ¿Lo que no te pase a ti? Mira, yo no encuentro mi propio coche y no me hace gracia tu error porque cada día, cada puñetero día, miro veinte veces el calendario porque tengo miedo de ir y que me toque librar o, peor aún, no ir y que me tocara trabajar.
En la oficina la jefa nos dice que el viernes no podemos ir porque nos mudamos de oficina y que lo cambiemos con otro día libre que tengamos, el que sea. Vale, el 30 de noviembre, que queda mucho y sabe Dios lo que será de mí para entonces. Tendré que trabajar un montón de días seguidos... pero ya lo pensaré mañana, Scarlett dixit. De repente me doy cuenta. Si libro viernes... tengo tres días libres. Seguidos. Wiiiiii...
Así que cuando he llegado a casa he comprado los últimos billetes que quedaban y me voy a Granada a ver al Niño Chico. Al carajo todo. Fuck everything. Le iba a llamar para decírselo cuando me he dado cuenta que entre todas las cosas que he comprado en el carrefour no está un teléfono nuevo. Vale, creo que empiezo a merecer una medalla por sobrevivir a este día de mierda. Le he tenido que avisar por wasap.
Y entonces, justo cuando ya me iba a acostar he oído un ruido en el baño, me he asomado y veo a Maya salir con cara de culpable. Conozco a mis gatos como si los hubiera parido y Maya pone ojitos cuando ha hecho algo que no debe. Y no sé qué fijación tiene esta gata con mis pendientes que siempre que puede me los roba. Efectivamente, al lado del lavabo sólo había uno. Me he puesto a buscar el otro a la desesperada. Tengo pánico a que se lo trague, porque todo lo coge con la boca. Suele ser cuidadosa, PERO. Por más que he rebuscado no lo encontraba así que me ha empezado a entrar la temblequera. Ay, que se lo ha tragado, mi niña, mi niña pequeña, ay madre mía. Entonces me ha dado por pensar. Su cara de culpable era peor que por haberse comido algo.
Así que a las dos y media de la mañana, me he puesto a desmontar el sumidero para ver si lo había colado por ahí. Efectivamente, ahí estaba la mariposita verde, brillando entre un montón de roña. La he rescatado con unas pinzas de las cejas y me he puesto a fregar compulsivamente el sumidero por dentro. ¿Por qué no me había dado cuenta de que estaba tan sucio? ¿Por qué me pasan estas cosas de madrugada? ¿Por qué no estoy durmiendo como las personas de bien? ¿Por qué no soy una adulta normal, con todo controlado y sin sobresaltos absurdos a las tantas de la noche?

Pues aunque no lo creáis, tengo respuestas. Me pasan estas cosas porque soy una farsante. Parezco adulta, pero no lo soy. De verdad que no. No soy responsable, no estoy atenta de las cosas que se supone que debería estar, no me acuesto a horas razonables y no hago lo que hace la gente de mi edad. Y por eso también tengo un blog. Porque a quién carajo le podría contar yo esto. Mis amigos están muy ocupados con sus cosas de adultos de verdad, con sus embarazos, sus hijos, sus problemas bien feos en los que no me gustaría verme. Y yo ando por ahí, buscando mi propio coche, hablando con mis gatos, desmontando desagües a las dos y media de la mañana y escribiendo posts cuando no puedo dormir. Soy la peor adulta EVER. Y ahora que no me oye nadie, también os digo una cosa: menos mal. Menos mal que mis problemas son estos. Menos mal que mi cerebro canta el pavo real en bucle. Menos mal que no encuentro mi coche. Menos mal que mis amigas del trabajo también son un caos y nos reímos las unas de las otras de nuestra propia idiotez. Menos mal que Maya no se traga cosas y sólo se dedica a esconderlas. Menos mal que el sumidero ya está limpio por dentro. Y menos mal, menos mal, que tengo un blog para contarlo.


lunes, 23 de octubre de 2017

El coche limpio... y abollado.

El jueves pasado fue un día de esos que te planteas si te estarán grabando con cámara oculta o si tu vida es el show de Naar o qué puñetas pasa. Me tocaba librar en el trabajo, así que pensaba tomarme el día con relativa calma. Ay, qué ingenua.
Tuve que ir temprano a hacer una cosa muy importante que os contaré cuando llegue el momento. Y obviamente, como era muy importante, me quedé dormida. Así que me levanté con el tiempo justo de ducharme mientras me cepillaba los dientes, vestirme mientras me tomaba una infusión y salir corriendo mientras me terminaba de maquillar en el ascensor. Todo bien.
A todo esto, me había llevado el coche de mis padres porque el mío estaba en el taller para ponerle a punto para pasar la itv. Dejé el Ibiza de mi madre en el despacho y me fui al taller a por el naar-bólido. Al final resulta que había que hacerle más cosas de las que esperaba y fue una clavada, pero el hombre se había apiadado de mí y me lo había limpiado. Limpiado de verdad, de por fuera y por dentro y los asientos y el salpicadero y todo. O sea, limpio. Limpio como cuando lo saqué del concesionario hace doce años. Y lo remarco tanto porque en esos 12 años no se había limpiado nunca, así que el impacto era enorme. También me había arreglado el faro roto, el guardabarros descolgado y blablablá. Que parecía otro puto coche, os lo juro.
Me fui tan contenta con él y con mi madre de copiloto a echar gasolina. Qué bien olía, oye. Y qué limpio, de verdad, qué limpio. Yo sólo lo sentía por la cosecha de patatas del suelo y los puerros que estaban ya creciendo entre los asientos, pero bueno. En esto que según estoy llegando a la gasolinera, en la calle de mi antiguo instituto, toda llena de madres en doble fila y atasco de adolescentes saliendo, veo que el coche de delante de mí pone la marcha atrás. Vale, quiere aparcar. Miro por el retrovisor, tengo otro coche pegado a mi culo. Pongo marcha atrás para que vea que quiero retroceder y dejar al de delante. El de delante sigue dando marcha atrás. Le pito. Le pito. Le pito más. Y efectivamente, me da un golpe.
Y de repente, encima de que me ha dado, se abre la puerta del conductor y sale un tipo enfurecido y gesticulando. Bajo la ventanilla y antes de poder decir nada me suelta:

-  ¿Eres tonta? ¿No ves que estoy dando marcha atrás? ¡¡Manda huevos!
- Sí, los tuyos que te impiden hacer dos cosas a la vez, anormal.

Total, me fui tres metros adelante, aparqué y salí del coche como una furia mientras mi madre me decía cosas que no escuché.

- A ver, - me dice el memo con toda su condescendencia. - Si ves que estoy echando marcha atrás...
- Pues me volatilizo
- ¿Qué?
- Has puesto marcha atrás, he intentado retroceder pero tenía otro coche detrás, ¿qué quieres que haga? Te he pitado y no has escuchado. - le explico, porque no parece muy listo.
- Es que si ves que el de delante tiene marcha atrás...
- Y si tú miras por el retrovisor y oyes que están pitando...
- Pero es que la marcha atrás... - y dale perico al torno.
- A ver, te lo voy a explicar otra vez. Poner marcha atrás no te da derecho absoluto sobre el universo. La pones y miras a ver si puedes hacer la maniobra. Y no sé en qué estabas pensando o qué estabas haciendo para no verme y no oírme cuando te he pitado como loca. Yo no podía echarme hacia atrás porque había otro coche. ¿Lo entiendes?

De repente el tío me mira con esa expresión que se te queda cuando ibas cargado de razón y te desmontan. Cuando encima es una tía la que te está dejando en evidencia. Cuando crees que vas a pegar tres gritos y a decir que manda huevos y vas a asustar a alguien pero te está plantando cara. Así que vuelve a levantar la voz y me dice:

- Mira niña, que a mí me da igual el coche, que es de renting.
- Mira tío, a mí sí que me da igual tu puto coche, pero no el mío que encima lo acabo de sacar del taller.
- El mío es de renting y...
- Que no me cuentes tu vida, si tienes algún problema llamamos a la policía.
- …y que si quieres que te haga un parte, te lo hago, que no tengo problema.
- Y si tienes problema también lo vas a hacer, así que tú mismo.

Llamé a la mutua y dimos los datos. Así que ahora estoy esperando a que me llamen del taller y me cambien la aleta lateral y el parachoques. Cosas, que por cierto, estaban algo abolladas de antes. De verdad que me va a quedar el coche que no voy a reconocerlo. Pero vamos, para una vez que lo limpio me lo limpian y mira lo que pasa. Nota mental: no volver a limpiarlo nunca.

El problema y/o moraleja de esta historia es que creo que el tío era un gilipollas y que me hubiera hablado en mal tono aunque yo me llamara Manolo y calzara un rabo de 20 centímetros. No le estoy acusando de machismo de forma aleatoria. Pero me jode esa condescendencia y ese “mira niña” que obviamente se hubiera ahorrado en caso de yo ser Manolo el del rabo gordo. Y me jode que en vez de estar a lo que hay que estar cuando se conduce estuviera a por uvas totalmente (aún no me explico cómo pudo no verme y no oírme). Y me jode tener que echarle ovarios y enfrentarme a esa situación absurda de dar voces y plantar cara a un desconocido porque en lugar de tener civismo y decir “oye, lo siento, te he dado y es mi culpa” me intenta echar el marrón.

Cuando volví al coche mi madre me miraba como si fuera una heroína de comic. Mi pobre madre, siempre tan correcta, tan educada. Creo que a veces se pregunta cómo ha podido tener una hija que esté tan loca y no tenga miedo a nada con menos de ocho patas.

sábado, 14 de octubre de 2017

La triste historia feliz (¿o al revés?)

Fue hace dos años que empezó esta historia por enésima vez. Mi amiga Reichel estaba embarazada y los amigos fuimos a Alicante a darle una sorpresa. Y entre unas cosas y otras, el Ross y yo volvimos a empezar (“retomar” quizás sería más apropiado) una historia. Y como de costumbre, en lugar de ser algo bonito, algo tierno o algo simplemente “normal”, tuvimos una bronca provocada por su comportamiento, pero en la que la terminaba pegando un grito era yo. Porque toda la vida ha sido igual. Él hace las cosas por lo bajo, a la chita callando y la que termina arremetiendo como un miura soy yo. Y claro, eso viene genial. Porque así, frente a todo el mundo él es bueno y yo soy una loca desequilibrada que hace las cosas sin razón. Y claro, si yo soy una histérica, él ya tiene bula para hacer lo que sea, porque nunca es para tanto, siempre es que yo estoy pirada y me pongo fuera de sí por cualquier cosa. Y qué bien viene eso, oye. Ahora lo veo más claro que nunca.
Unos meses después, se vino a vivir a casa. Más o menos.
Pasaron los meses, uno tras otro con la misma tónica. Su desinterés por todo, la falta de ganas, la falta de comunicación. Navidades y cumpleaños sin un detalle, un regalito, un algo. No querer llevarme con sus amigos, enfadarse si, por una vez, ponía una foto o una palabra en facebook y le etiquetaba. Y yo me fui viniendo abajo. Se me fueron yendo la ilusión, la ternura, la alegría de estar juntos. Pero una vez más, si yo pegaba una voz, es que estoy loca.
Y un día llegó la mentira. Me engañó y le pillé. Y algo dentro de mí se rompió en mil pedazos y supe que ya nada volvería a ser igual. Porque la confianza es como un vaso de cristal. Una vez que le pegas un golpe y se rompe, por mucho que lo recompongas, no va a volver a estar igual. Aún así traté de arreglarlo. Porque de verdad yo quería que lo nuestro funcionara. Le quería a él y quería que me saliera algo bien. Estaba harta de fracasar en todo y separarme por segunda vez antes de los 35 me parecía el colmo. Ahora sé que no, que el fracaso era vivir así. Pero he tardado en entenderlo, soy un poco lenta para algunas cosas.
No hubo manera. Se fue un par de veces de casa. Y un poco antes del verano ya no hubo solución. Aún así yo me quedé pensando. Igual había una remota oportunidad aún. Al fin y al cabo seguíamos siendo amigos, nos llevábamos bien de forma superficial y son veinte años en la vida del otro. Así que aún tenía alguna duda, cuando hace un par de semanas me dijo que había quedado con otra chica. Qué buen momento para decidir ser sincero después de años ocultándome cosas y mintiendo si se le daba el caso.
Lo admito, cuando lo escuché tardé un par de minutos en reaccionar. Primero pensé que era una de sus bromas absurdas. Luego, creí que sólo quería hacerme daño.
Y entonces, de repente, se hizo la luz. Muchas veces había pensado que él no me quería. Que estaba conmigo por costumbre, porque era lo fácil, lo que menos problemas le daba, lo que al fin y al cabo todo el mundo esperaba que pasase. Pero que no me quería. Lo que pasa es que él me lo negaba. No me daba argumentos, no me daba ni una sola razón, no ponía mucho empeño, pero lo negaba. Y yo quería creerle. Quería pensar que sí, que me quería a su manera. Quería pensar, quería creer, quería tener fe. Y en ese momento lo tuve claro. No, no me quiere, ni me ha querido nunca. O al menos desde hace muchos, muchos años. Y no entraré en detalles para justificarlo, pero creedme que podría hacerlo.
Así que, en resumen, he invertido la mitad de mi vida en querer a alguien que no me quería. He perdido oportunidades, relaciones y toda clase de cosas por querer a alguien que no me quería.
Y me dio por reírme.
Ese pensamiento era lo más liberador que había tenido en los últimos diez años. Porque yo ya lo había intentado todo y obviamente no había conseguido nada más que pasarlo mal. Y ya era suficiente. Y he dicho más veces esto en el pasado, pero lo he dicho llena de dolor, de resentimiento, de pena, de esperanza silenciada. Lo he dicho sabiendo que al día siguiente iba a decir “no, una vez más”. Pero esta vez no. Esta vez lo decía riéndome. Esta vez era la definitiva de verdad. Porque me hacía feliz liberarme de todo lo que he arrastrado durante media vida y podría empezar de cero. De cero de verdad, de cero absoluto. Y eso me mola. Porque un mundo de posibilidades se abre ante mí. Un mundo de posibilidades sin él. Al fin.
Las últimas semanas he estado tranquila y feliz. Me he sentido mejor que en mucho, mucho tiempo. Porque ahora soy libre. He salido por fin de una relación absurda, sin futuro, sin amor, sin felicidad. Me he quitado unas cadenas que pesaban toneladas y no me dejaban caminar ligera. He soltado un lastre tremendo. Me ha costado, pero lo he hecho. Al fin. Uf.

Quiero añadir que cuento esto porque es mi blog y me lo follo cuando quiero digo lo que me parece. Pero no creo que el Ross sea mala persona. De hecho, seguiremos siendo amigos porque compartimos grupo. Y ni siquiera me arrepiento de lo que he vivido con él. Ni siquiera de lo malo. Yo he querido de verdad y uno no debe arrepentirse de haber querido. Que se arrepienta el que lo haya hecho mal. El que ha amado y se ha entregado no debe ser quien se arrepienta y se sienta avergonzado. Fue bonito en el pasado y estos dos últimos años eran necesarios para cerrar la historia de una vez por todas. Había que tocar fondo para salir adelante. Ahora sé que tenía que pasar esto. Tenía que arrastrarme durante kilómetros por el túnel de mierda para poder salir y ser libre, para poder llegar a Zihuatanejo. Y os lo digo desde ya: merece la pena. La libertad y lo que hay al otro lado lo compensan todo.  

lunes, 25 de septiembre de 2017

Mi cerebro me odia

Mi cerebro me odia. A veces me lo imagino como en la peli (maravillosa, por cierto) de Inside Out, en la que los monigotes que controlan mi cabeza no dejan de decir “vamos a putear a la imbécil ésta”. Si no, no me lo explico.
Y es que siempre ha habido una especie de lucha en mi interior. Una especie de batalla entre lo sensato, lo correcto, lo que sé que debo hacer. Y luego, lo que realmente hago porque una fuerza sobrehumana me empuja a ello. Eso que hace que dinamite por los aires todo lo que construyo, que hace que cuando todo va bien pulse el botón de autodestrucción. Esa fuerza que hace que huya de la policía, que me gusten los macarras, que me acueste a las tantas de la madrugada, que me ría en los momentos de crisis y que diga palabrotas delante de mi jefa. Ese monigote que pulsa los botones de mi cerebro y me obliga a hacer cosas mientras yo misma me digo “¿pero qué haaaaaaces mongola??”
En fin, convivo con ello, no os preocupéis por mí.
El problema últimamente es que mi cerebro ya ha mandado a la mierda casi todo lo poco que tenía y entonces se dedica a putearme con cosas más sutiles. Por ejemplo, con canciones de mierda. Hace tiempo os conté que pasé una racha totalmente obsesionada con una canción del Puma. La madre que lo parió. Semanas viviendo a ritmo de “numera... numera... viva la numeración” y escuchando “uhhh... pavo real” en bucle. Empecé a pensar seriamente en darme un par de mamporros con el rodillo de amasar. Desde entonces, mi cerebro vio que en la guerra psicológica él tenía las de ganar por razones obvias. Así que me hace la guerra de guerrillas a base de canciones de mierda.
En las últimas semanas ha habido de todo. ¿Sabéis que Marta tiene un marcapasos que le anima el corazón? Yo sí, lo tengo clarísimo. En la misma línea, también he estado alternando con Las chicas cocodrilo. Y por cierto, Laura no está, Laura se fue. Porque no es que me emocione otro amanecer, es que es el primero que me vienes a ver. Además que no, no es amor, lo que tú sientes se llama obsesión. Y yo qué sé. Uhhhh.... pavo real.
Total, que estaba a punto de nuevo a darme con el rodillo de amasar y aplanarme el cerebro. Pero el monigote de los cojones se apiadó de mí. O temió por su propia vida y dijo “vale, es evidente que voy ganando, vamos a darle un respiro a esta pobre mujer.” Y empezó a ponerme música de mejor calidad. Que no es que no me gusten los Hombres G, que me recuerdan a cuando era cría y los oía con mi madre. Y me parecen canciones graciosas. Pero cansa. Y del Puma prefiero no hacer comentarios. El caso es que empecé a escuchar canciones mejores. Y con ellas, no sé por qué porque no hay relación, vino la imagen de un actor británico que me gusta. Supongo que era mi cerebro queriendo agradarme, en plan videoclip guay, música guay y chico que te gusta. Hala maja, entente un rato. El problema es que cuando digo que me gusta quiero decir me pone cachondísima. Y cuando digo cachondísima quiero decir me derrito viva, me suben las pulsaciones y se me entrecorta la respiración cada vez que le veo sonreír. Bueno, pues ahí está, todo el día en mi cerebro. Él y las canciones que me gustan. En bucle. Que estoy en el trabajo, supuestamente escuchando al abuelo de turno hablarme sobre la operación de prótesis de rodilla mientras lo que realmente oigo es “working on our nigth moves in the summertime... oh, in the sweet summertime” y me imagino a mi hombre quitándose la camiseta y sonriéndome de medio lado. Hasta que el abuelo me dice “¿y tú qué crees, hija?” Y yo “Pues haga caso a su médico, que es el que mejor le aconseja” mientras rezo para que no haya cambiado de tema mientras yo estaba visualizando detenidamente el costado del hombre de mis sueños y pensando “madre mía, tengo que ahorrar para ir a Irlanda a frungirme algún pelirrojo”.
Y a ver, sí, mejor es mejor esto que el melenón del Puma. Pero no me concentro. Y mi cerebro ha visto un nuevo filón. Hacerme la vida más difícil, pero sutilmente, con cosas que me gustan, pero que me impiden comportarme como un ser medianamente inteligente. Y ahí está. Descojonándose de mí mientras yo me paso el día empanada con cara de boba y la mirada perdida, escuchando y viendo cosas que me sacan del mundo real. Y ya no sé si necesito un par de polvos, un reproductor de música que me meta Iron Maiden en vena todo el día o directamente un cerebro nuevo.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Fauna subterránea

No sé si a alguien le habrá dado por calcular cuánto tiempo de nuestra vida pasamos los madrileños en transporte público. Y no quiero saberlo, me deprimiría. Sobre todo porque a eso habría que sumarle las horas de atascos mascullando improperios y clavando las uñas al volante, las de esperar al bus mientras una vieja te habla de su nieto el que es ingeniero y las de cuando metro se ha estropeado o se ha parado sin razón aparente entre dos estaciones y sientes cómo poco a poco se termina el oxígeno del vagón y te preguntas en qué orden tendrás que comerte al resto de los pasajeros.
Obviamente nadie en esta ciudad escapa al hecho de pasar una buena cantidad de tiempo metido en el coche, el bus y el metro. Tanto, que lo aprovechamos para otras cosas. Hay quien lee, cosa muy noble. Yo no puedo porque me mareo. Hay quien duerme. Los madrileños nacemos con un chip implantado en algún pliegue de nuestro cerebro que nos avisa de nuestra parada para despertarnos en el momento justo. Hay quien come. Yo no suelo hacerlo, pero el otro día fui a trabajar sentada junto a un mazas de gimnasio que engulló una tortilla de claras, una ensalada de pepino y tomate, unos espárragos a la plancha mustios y unos trozos de pollo asado, todo envasado en sus respectivos tupper. Hay quien conversa, bien con compañeros de viaje o por el móvil cuando hay cobertura, quien te deja a medias de saber si al final Fulanito la llamará el finde que viene o si el niño se quedó llorando el trigésimo cuarto día de colegio como hizo los anteriores. Por supuesto también están los directamente mal educados que llevan música sin cascos o que se dedican a ver vídeos de youtube o escuchar chistes mierdosos de cadena de wasap con el volumen puesto para todo el vagón. Y se ríen solos, mientras los demás les asesinamos con la mirada. Que no nos interesa tu audio de cinco minutos, imbécil. Que me da igual tu cuñado imitando a chiquito, el vídeo del menda con su opinión sobre cataluña o el hijo de tu prima balbuceando. Ponte unos putos cascos. Baja el volumen y pégatelo a la oreja. Haz lo que quieras, pero no nos “amenices” el viaje a los demás con tu mierda. En fin. Hay de todo.
Yo soy de las que van observando la fauna que la rodea y a veces, aprovecho a hablar por wasap o contestar algún correo. Pero sobre todo, observo. Me fijo en los zapatos de la gente. En los cortes de pelo de las chicas. En la ropa de los jóvenes. En los libros bajo el brazo de los culturetas. En los veinteañeros aún imberbes que se montan en Ciudad Universitaria y me hacen sentir una vieja depravada mientras noto cómo me crecen los colmillos.
También a veces me fijo en chicos al azar, que me gustan, me parecen guapos o me llama la atención su estilismo. El problema es que me he vuelto una solterona gruñona y a todos les encuentro defectos. Terribles defectos que imposibilitan que nuestro amor llegue a puerto. El primero, que la mayor parte de ellos ni me mira. El segundo, que se bajan en su estación o yo me bajo en la mía y obviamente, hasta nunqui, desconocido. Otras veces tienen cosas peores.
Por ejemplo, el otro día llevaba en frente a un progre con look estilo Malasaña, con pañuelo al cuello, gorra de tela y libro tipo sesudo sobre Descartes. Hubiera sido interesante si no fuera porque movía los labios al leer. A ver, hijo mío, no. De verdad que no. No se puede llevar el pack completo de cultureta de barrio hipster y luego no saber leer sin mover la boca como los niños pequeños. Es como un científico con bata blanca que cuente con los dedos. Pierde toda la seriedad.
O ese otro chico, tan guapo, con ese pelo tan brillante y los vaqueros medio caídos tan monos que llevaba el teclado del móvil con sonido. Y ahí, mirando la pantalla y sonando “tactacatacatacataca” cada vez que escribía algo. Y a ver no. Ya se me ha pasado el morbo de verte la goma de los gayumbos al oírte con el tacatacataca activado igual que mi abuelo.


De momento, me han renovado en el trabajo. Si Dios quiere, tengo otros tres meses por lo menos de seguir estudiando la fauna salvaje del metro de Madrid.  

lunes, 18 de septiembre de 2017

Cuando la impaciencia te salva el culo

Más de una vez he dicho que soy una persona impaciente. Quizás en parte por eso me cuesta mucho hacer planes a largo plazo, porque en lo relativo al tiempo, no veo más allá de mis propias narices.
Ayer quedé con dos de mis blogger preferidos que viven cerca, Álter y Chema. Y les explicaba que yo cuando escribo algún post, es para publicar en el momento. Como mucho, lo puedo retrasar un día o dos, si quiero que coincida con una fecha especial, pero no más. De hecho, si escribo y no lo publico, al final termina por ahí perdido y casi nunca llega a puerto.
Admito que ser impaciente me ha traído problemas en la vida. Quererlo todo para ya no suele ser sinónimo de hacer las cosas bien. De hecho, con los años he aprendido a ser algo más paciente, pero no mucho. Y trabajo en ello, pero se me da regular.
Cuando volvía para casa, escuchando a Nirvana después de pasar un buen rato con ellos, me acordé de una anécdota tonta en cuyo caso la impaciencia me salvó un poco el culo.
Muchas veces he dicho ya (son años en el blog y empiezo a repetirme) que en el colegio no fui feliz. Mis compañeros eran imbéciles y hoy en día se diría que sufrí bulling. Entonces simplemente era cuestión de que yo era la marginada y que eran cosas de críos. Lo pasé regular, pero a día de hoy me parece que forjó una parte de mi carácter y que en fin, que son cosas que pasan. El mundo no es de color rosa y no todo el mundo es bueno.
El caso es que a pesar del coñazo de aguantar a aquella gente durante diez largos años de mi vida, salí bastante airosa de casi todas las situaciones. No fue un caso extremo de acoso, entre otras cosas porque yo tenía una forma de ser... peculiar. Sólo de pequeños llegamos a las manos y no en demasiadas ocasiones. Ahora creo que una de las razones por las que no me pegaron más de una zurra es porque yo cogí fama de estar medio zumbada. Debía estar en primero de EGB, con cinco o seis años, y no sé por qué, discutí con un niño de la clase. Era un chulito medio tonto que con los años se convirtió en un chulo tonto entero. Me acuerdo que me dijo “a las cinco nos pegamos. Te vamos a pegar hasta que te salga sangre por los ojos”. Y yo, a caballo entre mi impaciencia y mi mala leche, le di un empujón y le dije “a las cinco no, nos pegamos ahora.” El niño me miró con cara rara, debía ser la primera vez que una chica le plantaba cara en vez de llorar y que encima no quería esperar a la salida. Yo, viendo sus dudas, me vine arriba “¿No quieres que nos peguemos? Pues vamos”. Y el otro que no, que a la salida. Y yo que no, que a la salida igual ya no tenía ganas de pegarme. Y él que no, que a las cinco me esperaba. Y yo, harta, le dije “mira, yo me quiero pegar ahora, así que o nos pegamos ya o nada, tú verás.” Y es que me indignaba el asunto. Yo estoy cabreada ahora, igual dentro de tres horas se me ha pasado. Y mientras ahí con la angustia ¿nos pegaremos o no? ¿Se acordará o no? ¿Será sólo una amenaza, un juego psicológico cruel de un pequeño idiota o realmente terminaremos a tortas? De verdad que no tengo tanta paciencia. Prefiero una paliza ahora que horas de incertidumbre sin sentido. Así que o nos pegamos ahora que estoy en caliente y con suerte te encajo un par de leches o ya nada. Y no, no nos pegamos. Por suerte, porque francamente, yo tenía las de perder. Siempre he sido poca cosa y de darse el caso, no sé si habría sangrado por los ojos como prometía el memo aquel, pero me habría llevado unos cuantos mamporros. Sin embargo, cosas de la vida, me fui de rositas. Debí parecer una auténtica loca asegurando que el momento de pegarse era ese y pocas veces más alguien me retó a lo de “a la salida nos pegamos”. Quizás, por una vez, la impaciencia fue buena consejera.
De hecho, odio decirlo, pero con los chicos tuve pocos problemas más. Fueron las niñas las que me hicieron la vida imposible y con ellas era más difícil porque jugaban con armas que yo no sabía manejar, como la manipulación, la mentira, la crítica cruel y despiadada y las bromas estúpidas. Y ahí no había manera de plantar cara. Y creedme si digo que fue mucho peor. Que hubiera preferido mil veces tener que encararme con “a la salida nos pegamos” aunque alguna de las veces mi impaciencia no me hubiera salvado y me hubieran puesto un ojo a la funerala.
¿Y vosotros? ¿También sois de todo para ya mismo o sabéis esperar?