sábado, 17 de febrero de 2018

El prepucio incómodo

¿Recordáis cuando dije que estaba pensando cerrar el blog por temas de trabajo pero que mientras no hablara de trabajo no pasaría nada? Bueno, pues he venido a pasármelo por el forro de las bragas porque yo soy así.
El caso es que en dos días han pasado tantas cosas graciosas que me cuesta resistirme a contarlas. Y no son motivo de despido. Creo. Espero. Madre mía, si me despiden será vuestra culpa y entre todos pondréis un euro al mes para que pueda seguir comiendo.
Además pregunté en twitter, ¿qué hago, lo cuento y corro el riesgo de volver al paro, os hablo de inocentes anécdotas de mis gatos o abro un blog porno? No puedo decir que me sorprendiera que ganara la opción del blog porno, pero ya he comprobado que no valgo para gestionar más de un blog ni más de una cuenta en twitter. Apenas valgo para dos páginas de facebook y eso que apenas las uso.
Y eso me recuerda que hace años el dueño de mis sábanas me animó fervientemente a que escribiera una novela subida de tono. Me decía que yo tengo un don para narrar escenas eróticas y que si metía algo fuerte y a la vez algo romántico, triunfaría. Pero pensé “¿a quién coño le interesaría leer esa bazofia? ¿cuantas marujas insatisfechas puede haber por el mundo?” No mucho tiempo después, el pelotazo de las 50 sombras de su puta madre en bicicleta. Qué poca visión de negocio, Naar. Yo que podría estar retirada en las Bahamas viviendo del cuento y mira, aquí estoy, yendo a trabajar todos los días.
Pro suerte me lo paso bien en mi trabajo. Hay días que no, obviamente, pero casi siempre me divierto. Me gusta trabajar con personas, me caen bien los compañeros, me encanta mi jefe y adoro a los abuelos. Así que me sólo me arrepiento en parte de no ser la autora de una novela pseudo porno de cuestionable calidad.
Como ejemplo de mi diversión en el trabajo, el otro día estaba en mi despacho peleando con el programa informático que quiero poner en marcha para mi servicio. Estaba concentrada en los cuadrantes, cuando entra una compañera a la que llamaremos Vera. No me llevo mal con ella, pero tampoco tenemos un feeling especialmente bueno. El caso es que entra y me espeta:

  • Voy a llamar a mi madre, estoy preocupada porque hoy operaban a mi hermano.
  • Ah, ¿Y está bien? - pregunto por cortesía.
  • Sí, si es una operación del frenillo.

¿Frenillo? ¿El de la lengua? ¿Ceceaba el muchacho? ¿El del labio? ¿O el otro frenillo? No, no puede ser “ese” frenillo. No. No, ¿verdad?

  • Es que últimamente le dolía mucho al hacerlo.- pero por qué me está contando esto. Trato de asentir. - Ya sabes, al hacerlo. - repite ante mi cara de pasmo.
  • Ajá. - no te rías, Naar, no te rías.
  • Que hace tiempo ya le miraron para operarle del prepucio también.

¿Prepucio? ¿Ha dicho prepucio? No pienses en prepucios, no hagas imágenes mentales, por lo que más quieras. Y no te rías. Te estás riendo, Naar, te estás riendo. Disimula. Dí algo ingenioso... o algo no ingenioso. Di algo, lo que sea. O finge que se te ha caído algo y métete debajo del escritorio y huye haciendo la croqueta. Finge una emergencia. Finge tu propia muerte. Haz lo que quieras pero deja de reírte. Madre mía, ¿por qué me está haciendo esto? ¿Qué querrá esta loca del prepucio de mí?

  • Eh... hummm... ah.
  • Y claro, ahora A LOS 30 AÑOS al final le han tenido que operar porque últimamente por lo visto estaba peor.

¿Peor? ¿Peor? ¿Peor de qué? ¿Del frenillo, del prepucio? Lo único peor que se me ocurre es una compañera de trabajo que te hable del pene defectuoso de su hermano DE 30 PUTOS AÑOS que al parecer no ha frungido en condiciones en su vida, porque si lo hubiera hecho le hubiera pasado como a un par de ellos que yo me sé que se les rompió por las buenas. Genial, ahora estoy pensando en más penes. ¿Por qué no viene nadie? ¿Por qué este despacho siempre parece el camarote de los hermanos Marx y ahora no interrumpe nadie este momento tan incómodo?

  • Ya... es lo que tiene. - digo tratando por todos los medios de ponerme seria, pero la risa nerviosa se ha apoderado de mí.
  • Y por lo visto lo que más le ha dolido de todo es el pinchazo de la anestesia.
  • Hombre, piensa que un pinchazo en la punta del... - Dios mío, ¿estoy diciendo lo que creo que estoy diciendo? ¿Y sigo pensando en penes? Por qué, zeñó, por qué.

A todo esto, no sé cómo, me había puesto de pie, me estaba balanceando, tratando de aguantarme la risa histérica y había abandonado mi ordenador y mi programa a medio instalar a su suerte. Estaba valorando seriamente salir corriendo, ir al despacho del director y presentar en ese mismo momento mi renuncia, cuando a Vera le sonó el móvil. Aproveché ese momento para huir vilmente y no volver hasta asegurarme de que hubiera más gente en el despacho.

Por si alguien se lo pregunta, no sé cómo terminó la historia. En cuanto pude recogí mis bártulos y me marché. Y a no ser que sea estrictamente necesario, no pienso volver a hablar de frenillos ni de prepucios en el trabajo, que llevo tres días intentando borrar la imagen mental de mi cerebro.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Paranoia

Alguna vez he contado que tenía un tío paranoico. Y no en plan chiste, jaja, qué paranoico el tío. No, en serio, en plan paranoico de enfermedad mental. Lo que pasa es que yo, que soy muy políticamente incorrecta, me gusta reírme de todo. Y me río de esto, porque creo que la risa nos hace libres y nos pone alas, como dijo Miguel Hernández. Y uno de los problemas de hoy en día es que nos reímos muy poco.
Total, que mi tío el paranoico creía que los políticos le tenían manían. Especialmente Alfonso Guerra, que le odiaba a muerte. También creía que la canción de Perales de “y quién es él y a qué dedica el tiempo libre” se la cantaba a él, y cuando sonaba en la radio era porque los políticos le estaban mandado un mensaje para que supiera que estaban tratando de encontrarle. Por eso salía con gafas de sol a la calle, para que nadie le reconociera.
Yo obviamente no llego a esos niveles. No estoy enferma. No soy una paranoica real. Pero a veces me da un poco la neura. Por eso he tenido unos días el blog privado. Porque antes no tenía trabajo y mis historias no podían acarrearme mayores consecuencias. Pero ahora la situación es diferente. Ahora tengo un puesto relativamente importante, tengo compañeros, tengo usuarios, familias y contactos. Y me da por pensar que si conocieran el blog estaría más expuesta de lo normal. Sería más vulnerable ante ellos. Sabrían demasiado de mí.
En realidad la paranoia empezó porque gente del trabajo me empezó a agregar a facebook. Y me “insinuaron” que pusiera el trabajo en mi perfil, ya que se está lanzando una campaña en las redes de nuestro centro y nuestros servicios. Y entonces me di cuenta de que la mitad de la gente de mi facebook personal es gente relacionada con el blog. Y me empezaron a subir los calores y al final puse el blog privado mientras le daba vueltas.
Luego lo estuve releyendo un poco y me di cuenta de que no hay nada malo en él. No critico ni doy datos relevantes de usuarios, obviamente. No es que me vayan a despedir por escribir mis mierdas aquí. Es, simplemente, que sabrán si frunjo o si salgo o si opino sobre cualquier tema. Y no es que eso importe demasiado. Al fin y al cabo, empiezan a intuir que estoy loca de todas formas.

Toooootal, que de momento lo vuelvo a abrir, pero no garantizo nada porque estoy un poco sensible con el tema y quizás me de un perrenque de nuevo. Quizás, si oigo una canción de Perales o si sale en la tele Alfonso Guerra (¿sigue vivo ese hombre?). Y en el peor de los casos, me pondré gafas de sol y arreglado.

jueves, 25 de enero de 2018

Futuro marido, te voy a ser microinfiel.

Querido futuro marido:
no sé si nos conocemos ya o si llegaremos a encontrarnos. Ni si quiera sé si existes. La verdad es que nunca he pensado en ti porque me importa bastante poco. Pero por si acaso algún día llegas a mi vida, tengo que dejarte claro que te soy microinfiel. Así, desde ahora que no sé si existes. Y lo voy a seguir siendo. No pienso cambiar.
Porque querido futuro marido, espero que tú también me seas microinfiel. Llevaré mis microcuernos con orgullo, como espero que lleves tú los tuyos.
Por si te surgen dudas, puedes aclararlas aquí. Y lamento que el sitio original que me hizo darme cuenta de lo microinfiel que soy haya eliminado el artículo, pero te haces una idea.
El caso es que sí, aunque te encuentre, te quiera y hasta en el hipotético caso de que me despose contigo, seguiré siendo microinfiel.
Seguiré teniendo redes sociales, siguiendo y dejando que me siga gente que quizás conozco o quizás no. Con la que puede que no tenga una relación directa. Con la que quizás la tuve en el pasado. Y sí, comentaré con ellos cuando me salga del higo. Les enlazaré noticias o fotos que piense que les pueden gustar. Pondré “me gusta” cuando publiquen cosas que me interesen. Les felicitaré en sus logros, sus fechas señaladas y apreciaré cuando ellos lo hagan por mí.
Seguiré teniendo amigos. Amigos con O, hombres, con pene. Algunos serán exnovios. Exrollos. Exloquesea y que no tengo que explicarte. Y con algunos mantendré una amistad. Y hablaré con ellos. Y quedaré en persona y me tomaré cañas y nos reiremos juntos. Y con mis amigos, independientemente de lo que hayan sido en el pasado, me abrazaré y me daré un par de besos cuando nos veamos. Nos contaremos cosas y nos llamaremos a veces. Y a los que son más importantes, les diré que les quiero. Porque es así, les quiero. Y lo digo ahora, una vez más, por si acaso: chicos, os quiero.
Seguiré hablando con gente, amigos, amigas, familia, compañeros de trabajo. Y les pediré consejo o les aconsejaré. Comentaremos las cosas porque a veces, al ponerlo en común se encuentran soluciones. No buscaré en internet la respuesta a mis preguntas si me apetece hablarlo con otro humano que no seas tú. Y a veces esas dudas serán sobre ti, porque a veces necesitaré decir que estoy harta o que haces cosas que no me gustan. Y no pasará nada. Y otras veces serán dudas sobre cualquier tema. Laboral, personal, emocional. Sobre qué coche comprar o sobre qué champú usan para tener pelazo brillante.
Seguiré pensando que hay gente guapa por el mundo además de ti. Incluso más que tú. Creo que mi jefe es un hombre atractivo, le veo todos los días y espero seguir haciéndolo muchos años porque el trabajo me encanta y que me parezca guapo no significa nada más que eso, que me lo parece. Seguiré mirando a personas en el metro y admiraré su belleza o su estilo. Seguiré quedándome prendada de cada pelirroja que me cruce. Seguiré viendo a Paul Newman en las viejas películas y creyendo que ningún hombre puede ser más perfecto. Seguiré soñando con ese irlandés que me acelera el pulso.
Seguiré poniéndome guapa, arreglándome y vistiendo como me dé la gana. Y seguiré “coqueteando”, que es una palabra que odio. Pero si el señor del estanco o del kiosko o el autobusero me sonríe y me dice unas palabras amables, le responderé de buen grado. Y cuando salga, si alguien se me acerca a hablar con educación y respeto, hablaré un rato con él. Y bromearé con mis compañeros de trabajo, con el camarero del bar al que voy siempre y con los abuelillos del centro que me piden besos.
Seguiré escribiendo historias en las que me enamore de gente ficticia. Crearé personajes a los que amaré con locura y no serán tú. Recordaré a los amores pasados con una sonrisa. Miraré las fotos de mi juventud con un pellizco de añoranza por aquella gente que se fue de mi vida. Y seguiré pensando que el amor de mi vida son mis gatos, y que nunca me enamoraré de un humano como estoy enamorada de Ron.

Y querido futuro marido, si es que existes, espero que tú también tengas una vida plena y feliz, como yo. Espero que tengas amigos y amigas y amores y recuerdos. Espero que veinte segundos de flirteo con la señora de la panadería te animen un día gris. Espero que hables con gente, que compartas con ellos tus experiencias y que a veces, te quejes de mí porque mira que soy cansina. Espero, de verdad, que me seas microinfiel hasta la saciedad.
Porque si los dos hacemos todo eso y luego llegamos a casa y nos queremos y seguimos queriendo estar juntos es que vamos bien. Si nos tenemos total confianza y también mantenemos nuestra parcela de intimidad, si estamos seguros del otro y sabemos que él lo está de nosotros, es que vamos bien. Si enriquecemos nuestra vida con más gente, más opiniones, más experiencias, más cariño y más cosas positivas de las que nos podemos dar entre los dos, porque cuanto más grande es el círculo, cuanto más amplia la visión, más colorido es el mundo, es que vamos bien. Si nos queremos y como pareja no nos hace falta más, si nos elegimos libremente cada día, si aún en los peores momentos nos merece la pena seguir al lado el uno del otro, es que vamos bien. Es que vamos muy, muy bien. Es que puede que vayamos bien toda la vida.

Tu futura microinfiel esposa,

Naar.



jueves, 18 de enero de 2018

Las opiniones y los culos.


Soy una defensora de Twitter. Me gusta mucho la idea de plasmar pensamientos cortos, inmediatos, chorradas, chistes, fotos, ideas más o menos profundas. Pero últimamente se está echando a perder por culpa de la sociedad absurda que estamos montando.
Uno de los problemas de hoy en día es que las redes sociales e internet, que en sí mismas pueden ser cosas maravillosas, han dado pábulo a toda clase de gilipollas. Y todo el mundo cree que su opinión es súper importante, súper interesante y que DEBE ser escuchada y respetada. Y bueno, todo el mundo tiene derecho a una opinión. Lo que pasa es que tu opinión puede ser una gilipollez, puede no interesar a nadie o puede ser que nadie te la haya pedido. Y tú la puedes dar, claro. Pero atente a las consecuencias. Y tu opinión no es más importante que la del resto. Eso es algo con los que deberíamos contar todos.
No sé si me explico.
El problema de Twitter ahora mismo es que tú dices “Me estoy comiendo unas cerezas” y habrá mil comentarios, unos que digan “qué ricas” y otros que digan “no me gustan las cerezas”. Y vale. Lo feo empieza cuando llegan los que te exigen que dejes de comer cerezas porque son lo peor y que comas manzanas. Lo que dicen que no estás pensando en los pobres agricultores que recogen cerezas por un sueldo mísero. Los que te dicen que las cerezas vienen de Extremadura y que si has visto el documental de las Hurdes. Los que te dicen que claro, tú comes cerezas tan tranquilo mientras en África la gente se muere de hambre. Los que te dicen que ya que estás comiendo cerezas, les enseñes las peras. Y los que te llaman nazi de las manzanas porque prefieres las cerezas. Y a ti se te quitan las ganas de comer cerezas y de vivir así de golpe.
El otro día se montó polémica porque una madre dijo que su niño desayunada garbanzos. Que yo ya dije lo que opino de los pesaos de la nutrición que tanto abundan hoy en día. Y hoy se ha montado polémica porque hay gente a la que le gusta operación triunfo y otros a los que no. Y yo no entiendo por qué hoy en día nos empeñamos en que a todo el mundo le tenga que gustar lo que a nosotros y además les aleccionemos para que hagan las cosas como a nosotros nos gustan.
A mí no me gusta operación triunfo. Y no lo veo. Así de sencillo. Porque hay muchas cosas que no me gustan. No me gustan los pelos de colores tipo mi pequeño pony que se llevan ahora. No me gustan los botines con los dedos al aire. No me gustan los cachopos, ni las espinacas, ni el ajo, ni la quinoa. No me gustan los pantalones hasta los sobacos, ni las deportivas fluorescentes, ni los abrigos de pelocho. No me gustan los iphone, ni las tablet, ni las consolas de videojuegos. No me gusta el rap, ni el reguetón, ni la música electrónica. No me gustan muchas cosas. Pero no las hago, no las compro, no las veo, no las como. PUNTO. A quien le guste, que lo haga. Y que me deje en paz con lo mío como yo les dejo en paz con lo suyo. De verdad que no veo el puto problema. No veo qué parte no se entiende del “vive y deja vivir”.
Pero no, hoy en día te comes una galleta y vienen venticinco personas a decirte que no son sanas y que tienen azúcar. Porque al parecer tú eres imbécil y crees que las galletas son sanas y frescas, recién recogidas del venerable árbol galletero. Que ya sé que tienen azúcar, pero a lo mejor, a lo mejor eh, me quiero comer una galleta sin que me la amargue nadie. Y además, mira, que me dejes, pesao, que te vayas a pastar ya que la hierba es sana. Que luego los mismos que se te echan encima por una galleta se toman tres copas de vino, o un gintonic, o comen fritos cuatro días en semana. Déjame comerme mi puta galleta, cojones, déjame en paz. Que no he pedido tu opinión, ni me interesa, ni quiero escucharla, ni nada de nada. Déjame vivir. Vete a darle tu discursito a quien te quiera escuchar, que por cierto, no soy yo.
Pero no, hoy en día es imposible hacer nada sin que aparezca un opinólogo de debajo de una piedra para decirte que lo estás haciendo todo mal. Y esos opinólogos profesionales, que yo creo que invierten todo su tiempo en buscar cosas con las que no están de acuerdo para criticarlas, se vanaglorian de decir que “sólo están dando su opinión” como si eso fuera bulo para abrir su bocaza y escupirte toda su mierda. Eso sí, ya te cuidarás mucho de responder, de opinar distinto o de contradecirles, que se te cae el pelo. Porque ellos tienen derecho a dar su opinión siempre, por y para todo, pero no escuchan jamás, no quieren saber nada que no les baile el agua y no aceptan el más mínimo atisbo de flexibilidad. Porque poseen la verdad absoluta. No se dan cuenta de que las opiniones son como los culos, que todos tenemos uno, pero los que nos dan asco son los de los demás. Que creemos que l nuestro está bien, pero los demás apestan. Y que por mucho que lo blanquees, seguirá siendo un culo. Y a mí esa gente que cree que su culo importa más que el resto de los culos no me gusta. Me gusta menos que los pelos de pony, los pantalones ochenteros y el reguetón juntos. Y con eso os hacéis una idea.



sábado, 13 de enero de 2018

Me asomo a la ventana eres el recuerdo de ayer...

He estado a punto de llamarte. De decirte lo que acababa de pasar, porque era esa mezcla que me encanta de absurdo y gracioso. Luego me he acordado de que nosotros no hablamos. O sea, sí, podemos hablar, pero no solemos hacerlo. Nos vemos una vez al año, nos abrazamos muy fuerte, nos miramos un momento a los ojos, nos decimos muchas cosas con pocas palabras, nos hacemos un guiño entre la multitud, nos suspiramos al oído cuando nos despedimos. Y ya. Porque si hablamos, si hay comunicación, ponemos en riesgo nuestro orden dentro del caos. Y no queremos hacerlo. Ahora menos que nunca.
Pero lo he pensado, te lo juro. Porque si veo esa escena en una película, pienso que es un cliché que ya aburre de tan manido. Pero así ha sido. Yo iba conduciendo con mi amiga al lado. Habíamos cenado, nos habíamos reído a carcajadas. Como he ido por la M-30 y pasado por el túnel, en lugar de la radio llevaba un CD puesto. Y por casualidad, por pura casualidad, justo empezaba a sonar nuestra canción. Y ahí, justo ahí, cuando dice eso de “...y ahí voy, a romper las telarañas de tu corazón, verás como se escampa...” he parado en un semáforo y mirado a la derecha. Y estabas tú. Estabas tras las cristaleras de una cafetería. Sentado en una mesa, pegado a la ventana que daba a la calle. Como una puta película romántica de mierda.
Hacía meses que no pensaba en ti, pero hacía apenas diez minutos te había nombrado. Y de repente, pum, tú. Tú, ahí, tras la cristalera, con nuestra canción de fondo. No me jodas.
De hecho, recuerdo la última vez que pensé en ti antes de hoy. Hace meses tu recuerdo me fulminó como un rayo. Estaba en el trabajo. Y el director se llama como tú. No tiene nada de especial, es un nombre súper común. Mi padre se llama así, de hecho. Pero claro, para mí es “papá”, no le llamo por su nombre. Y curiosamente, no hay más gente en mi vida con ese nombre. Así que entró el director en mi despacho a dejarme unos papeles. Los cogí sin mirarle porque estaba liada y le dije “Gracias, nombre acortado”. Y boooooouuuum. Un puto trailer que me pasa por encima. Hasta ese momento no le había llamado así, siempre le había llamado por su nombre completo. Y no lo he vuelto a hacer. Porque por el nombre acortado sólo te he llamado a ti. Y si lo digo, me tiembla el pulso. Como ese día, que según lo dije, aunque creo que mantuve la compostura, el director me miró. Y el tío tiene una forma de mirar muy parecida a la tuya. Esa así que parece medio esquiva y que cuando se fija en ti te traspasa de lado a lado. Y me sonrió y me dijo algo de esos papeles que yo sujetaba en la mano mientras creo que ambos sabíamos que algo raro, una especie de viento helado y sofocante a la vez, acababa de pasar entre nosotros.
No le he dicho nada a mi amiga. He girado la cabeza un poco, según pasábamos para verte de nuevo por la cristalera del bar. En ese momento te has tocado la nuca, casi como en un gesto inconsciente. Quiero pensar, para rizar el rizo de la escena, que has sentido un cosquilleo. Era yo, mi yo del pasado susurrándote detrás de la oreja ese nombre acortado por el que sólo te he llamado a ti y por el que sólo yo te llamo. He seguido avanzando sin mirar atrás de nuevo. Y hemos seguido charlando mi amiga y yo mientras nuestros caminos se iban separando otra vez, tras un punto de tangencia casual.


¿Sabes? Todo va bien. Todo va muy, muy bien. Tanto, que no pienso tan a menudo en ti. Tengo todo lo que puedo desear. Y tú sólo eres un recuerdo. El mejor, pero un recuerdo. Y no quiero que eso cambie porque es mucho mejor así. Pero joder. He hablado de ti y te he visto por la ventana de la cafetería. Y tenía que decírtelo.  

sábado, 6 de enero de 2018

Mi padre es mi Rey Mago

Trabajar todo el día con gente que está enferma, que es muy mayor o que es joven pero está fatal te abre mucho los ojos. Porque algunos somos afortunados y nos creemos que eso es lo normal. Que levantarse y estar sano y vivo y que los tuyos estén ahí, sanos y vivos es lo normal. Y no. Es lo esperable, lo deseable, lo ideal. Pero no algo que dar por supuesto, que dar por seguro. Es una suerte y hay que agradecerlo todos los días.
El otro día estuvo el hijo de un usuario hablando conmigo en el trabajo. El hombre ha entrado hace poco, es bastante joven (se acaba de jubilar) y está bastante malito. No voy a dar explicaciones, obviamente, pero unas cosas se han complicado con otras y tiene un tumor en el cerebro. El hijo me decía entre lágrimas que sólo quería que su padre volviera a ser el mismo, el hombre inteligente, conversador, cariñoso y alegre que era hace unos meses. Las otras dos compañeras que estaban en el despacho y yo intercambiamos una mirada fugaz. Porque sabemos que eso seguramente no ocurra.
Anoche cuando vi a mi padre le abracé un poco más de lo normal. Le abrazo mucho y le intento ver casi todos los días y hablamos mucho y todo eso. Pero ay. Anoche le miraba y pensaba “qué joven y qué guapo está todavía mi papá.” Además a mi padre la noche de Reyes le gusta mucho, así que estaba especialmente contento. No es por los regalos, ni por que por fin se termine la locura navideña. A mi padre le gusta porque él cree en los Reyes Magos. Siempre cuenta que cuando era pequeño iba al banco donde trabajaba mi abuelo y los veía en sus tronos, le daban caramelos y un juguete. Luego en casa le dejaban más cosas, sobre todo calcetines, que mi padre siempre los rompe, un pijama, algún chocolate... Y aunque los otros niños de su barrio le decían que los reyes no existían, él no hacía caso ¿Cómo no iban a existir si él iba a la sede del banco y los veía en sus tronos, con sus capas de colores, sus coronas y le daban caramelos y juguetes? Y creo que aún, a los sesentaypocos, lo sigue pensando.
Muchos años más tarde, mi padre fue Rey Baltasar en la cabalgata de Pueblodelsur. Fue raro, porque mi padre era rubio (ahora tiene el pelo blanco) y tiene los ojos verdes muy claros, pero pocas veces le he visto más feliz y con una sonrisa más grande que aquella en la cara tiznada de negro. Iba subido a su pequeña y humilde carroza de pueblo, tirando caramelos y dando juguetes, pasando por las casas de los niños más pequeños del pueblo y devolviendo un poco de toda aquella ilusión que le dieron a él aquellos reyes que le cogían sobre las rodillas en la sede del banco.
Aquél día que mi padre fue Rey Baltasar yo recuperé la fe en ellos Reyes Magos. Era adolescente, había pasado la crisis de “me han mentido porque los reyes no existen” y mantenía que si alguna vez llegaba a tener hijos no les haría creer en esas cosas. Creía que lo sabía todo. Creía que siempre se es joven y guapo y sano. Tenía abuelos jóvenes, bisabuela en estupendo estado y padres de la edad que tengo yo ahora. Y pensaba que eso era lo normal y que sería así siempre. Ahora sé que no. ahora mi bisabuela no está, mis abuelos son muy mayores y la yaya ha pasado las navidades malita con un catarro fuerte. Yo no soy tan joven ni tan guapa ni creo que sepa nada. Y cada día voy a mi trabajo, que me encanta, pero en el que veo cosas muy duras. Veo gente con la cabeza totalmente perdida que no reconoce a sus propios hijos. Veo familias tristes porque su madre huye de ellos porque son desconocidos y la asustan. Veo hijos que lloran en mi despacho porque su padre no es el mismo y de repente está enfadado y no habla y se queja porque sufre dolores y no saben cómo ayudarle. Veo cosas que rompen el corazón. Así que vuelvo a casa y veo a mi padre y a mi madre aún jóvenes, sanos y guapos y quiero abrazarles y parar el tiempo, no dejar que envejezcan ni que enfermen ni que dejen de ser nunca mis papás.
Cada año en la noche de Reyes busco en mi memoria para acordarme de aquellos años en los que yo era pequeña y mi padre me supo trasmitir toda la ilusión que él tuvo de niño a pesar de mi escepticismo natural desde que era una mocosa. Sigo rebuscando y me acuerdo de mi padre vestido de Baltasar repartiendo caramelos y juguetes por Pueblodelsur tan feliz, tan lleno de ilusión, con sus ojos claros en la cara pintada de negro. Y entonces me doy cuenta de que los Reyes sí existen. Y son los padres. Y eso es maravilloso.


jueves, 28 de diciembre de 2017

Repaso del 2017 y... ¡Feliz Año Nuevo 2018!

Hoy hace un año que apareció Maya en mi vida, pequeñita y negra, con un maullido alegre a todas horas y con muchas ganas de querernos a todos. Nos frotaba su diminuta cabecita y desde la primera vez que la cogí en brazos, se hacía una rosquita muy pequeña en mi regazo y ronroneaba fuerte. Tuve mucha suerte de que una gata negra se cruzara en mi camino y doy gracias por tenerla cada día. Aún me pregunto cómo siendo tan negra ha podido llenar mi vida con tanta luz.
El 2017 ha sido un año... intenso. Me recuerda mucho al 97, aquél que parece que pasó hace poco y cuyos recuerdos han cumplido 20 años ya. Al parecer los años que terminan en 7 son de los que no pasan desapercibidos en mi vida.
El caso es que este año empezó muy mal. Justo después de Reyes, Ron se puso muy malito. Quizás en parte por la venida de la peque, tuvo un brote de toxoplasmosis que casi le cuesta la vida. Nunca agradeceré lo suficiente al equipo de Gattos, lo que hizo para salvarle. Y con mucho esfuerzo, al final se puso bien. Nunca olvidaré esas noches. La que él estuvo ingresado y yo no pude dejar de llorar. Las que pasé en el sofá sin dormir nada, bajándole la fiebre con pañitos húmedos, dándole de comer con una jeringuilla, dándole antibóticos, acunándole en brazos. Fue horrible. Sin embargo, Ron es fuerte y volvió a comer solo, volvió a moverse, volvió a jugar. Volvió a pedir comida a las seis de la mañana haciendo que madrugara feliz. Volvió a ser el mismo de antes.
Después las cosas empezaron a torcerse en otros sentidos. Mi relación con el Ross se fue deteriorando por las mentiras, la dejadez, el tedio. Me sentí perdida, absurda, sola. Me sentí traicionada, humillada, abandonada. Me sentí triste, rota y... triste, sobre todo triste. Quise poner todo de mi parte, quise luchar, quise intentarlo mil veces. Pero en una relación no puede remar uno solo porque la barca da vueltas sobre sí misma y pareces gilipollas. Así que en junio me harté y salté de la barca. A la mierda. Mejor nadar solo que remar solo en una barca donde hay dos personas.
Y entonces encontré trabajo. A la vez. Él recogió sus cosas el día que yo empezaba a trabajar. Y me dio igual. Intuía que venían tiempos mejores.
Y no me equivoqué. El verano, aunque trabajando, fue bastante bueno. Hice unas amigas fantásticas en el trabajo. Pasé muchos viernes tomando cañas con ellas a la salida y riendo a carcajadas. Me visitaron las cabras (mis amigas blogger), fuimos a la sierra, nos bañamos en el río. Me renovaron el contrato, me felicitaron por mi trabajo. Volví a sentirme útil, válida, buena profesional. Y entonces me llamaron de otro trabajo. Uno de esos que sueñas, pero no crees que puedas conseguir. Uno con responsabilidad, posibilidades de crecer, incentivos, objetivos, cesta de Navidad. Confiaron en mí, me dieron todo lo que pedí, invirtieron en mi proyecto a ciegas. Y entonces sí, sí me creció el ego, la confianza, la seguridad que había tenido siempre en que era una buena profesional y que los años en el paro habían mellado.
Y ahora termina el año. Y me da pena. Porque todo está bien, todo está tan bien que tengo miedo. Cada día tengo miedo de despertarme y que haya sido un sueño. Que no sea verdad, que no tenga un trabajo tan bueno, que no tenga a mis niños sanos, que no tenga a mi familia ahí, que no tenga a mis amigos, a mis cabras, a mi Niño Chico. Que no tenga todo en su lugar como ahora. Por eso trato de aprovechar el momento, de disfrutar cada pequeña cosa. Me van a salir arrugas de sonreír, voy a desgastar a mis gatos de abrazarles.
Y sólo puedo desear que el 2018 se quede quietecito y deje todo como está. Que nos traiga salud para seguir disfrutando, trabajando, haciendo cosas que me gustan. Es todo lo que pido. El Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy.

Y a vosotros os deseo lo mejor de lo mejor. Que el 2018 sea un buen año para todos, que tengamos salud, trabajo, seres queridos que nos alegren los días y un poco de dinero para vivir sin apreturas. Muy, pero que muy feliz Año Nuevo a todos.