miércoles, 6 de diciembre de 2017

¿Qué les pasa a los tíos?

De verdad que hay veces que me pregunto qué mierda pasa con los tíos. Yo, que he sido siempre defensora de los hombres, que he abanderado el #notallmen porque sé mejor que nadie que no todos son violadores ni machistas. Yo, me veo en la obligación de preguntar qué mierda pasa con los tíos.

Y es que esto es como algo que el otro día leí en tuiter, que una empieza diciendo que no es feminista, porque te suena muy radical. Luego sí, claro que eres feminista, pero no crees que haya machismo en todas partes. Y luego, vas fijándote mejor y oh, sí, sí hay machismo. Machismo everywhere.
En fin, el caso, que me disperso.
El otro día estaba en casa tranquilamente. Y con tranquilamente quiero decir dando cabezadas en el sofá a las 10 de la noche esperando para dar de cenar a los gatos e irme a dormir porque tener dos trabajos es agotador e insano y menos mal que me quedan sólo un par de semanas de seguir así porque si no me tiro por la ventana. Y me sonó el móvil. Por la mañana un tipo que venía conmigo al instituto y con el que jamás había cruzado palabra, me había hecho una solicitud en instagram y le había aceptado. Y de repente, me estaba hablando.
Y mira, si algo me da por el culo de las “redes sociales” es la gente que ha estado en tu vida la tira de años y no te ha hablado, los que te has cruzado por la calle y se han hecho los locos, los que han entrado en el mismo bar que tú y no te han saludado, pero luego llegan al facebook o a la red de turno que sea y de repente son tus mejores amigos y te comentan y te hablan y te mandan abrazos virtuales. Así conmigo no. NO.
El tipo en cuestión me decía que hola, que qué tal. Y yo, pues bien. Y va, el gilipollas, y me dice “sé que en el insti no hablamos mucho, pero siempre me has parecido muy atractiva y muy simpática” (sic). Y a mí que se me empieza a levantar la ceja y se me ponen los ojos en blanco aunque no quiera. Le contesto que lo dudo mucho más que nada porque en los años de instituto yo estaba horrible y soy simpática por los cojones. Y se ríe. Jajaja. Decidí en ese mismo momento que el tío es imbécil, cosa que intuía por lo que le conocí en su momento, pero lo confirmó con creces. “No, en serio, eres muy guapa.” Ay, zeñó, por qué. Le dije que hombre, que no iba a colgar fotos en las que saliera como un orco. Y el memo jajaja de nuevo. Y va, el tonto, porque hay que ser tonto, y me dice “te habrá sorprendido que te hable, ¿verdad? Igual te has quedado flipada”. Y mi ceja cada vez más pa´rriba y mis ojos que dan vueltas ya. Pues a ver, me sorprende que me hables porque no hemos hablado nunca y después de cuatro años viéndonos las caras cada puñetero día has esperado quince años para que tengamos la conversación más larga de nuestras vidas por chat. Y el tío otra vez que si me pareces muy guapa, que si te sorprende o te flipa que te hable. Y ahí me dí cuenta. Yo en el instituto fui feliz. De verdad, después de años de infierno en el colegio, el insti me pareció una gloria. Pero pasaba bastante desapercibida. Tenía mis amigos, mi gente, mi grupo e iba a mi bola. El mongoloide éste era del grupo de guays que se creen por encima del bien y del mal y que si te hablan te tienes que sentir súper halagada. Y como es retrasado, se debe creer que sigo ahí, en la clase de 2ºB, esperando a que voecencia se digne a dirigirme la palabra. Y por eso cree que flipo como una quinceañera porque me hable. Y entonces empezó a subirme la mala leche por la garganta, porque ese tipo de chicos engreídos y absurdos siempre me han repateado. Y me repite, por enésima vez que siempre le he parecido muy guapa. Y claro, le dije que si eso le funcionaba alguna vez, que si en algún momento de su existencia ha conseguido ligar con algo tan tonto. Y me dice que se acaba de separar. No, si ya. Y estás echando el anzuelo a ver qué pescas cada vez que ves un charco. Pues anda a pastar, majete. Y ya, para remate de los remates, me dice que ahora es policía. POLICÍA. A mí. ¡¡A mí!! A mí, que el único policía que tolero es a mi amigo el poli porque intento no pensar a lo que se dedica. Mi respuesta a que era policía fue “No me jodas”. Textual. Y añadió “sí, policía municipal.” ¿¿Munipa?? ¿Encima munipa? Por favor. Al menos los nacionales imponen un poco más. Un municipal es un tonto con pistola. Bueno, eso es obvio en este caso.
Total, que como estaba ya muy cansada de la conversación más estúpida y surrealista con el tío más tonto del planeta, me lo intenté quitar de encima. Y va, y me dice que si tengo pareja, que no quiere molestar.
A ver, que me da, que me da, que os juro que me da. Ya sabía que estaba intentando ligar, pero esa es la forma más cutre de demostrarlo. Y ¿molestar? Si tengo pareja o no es independiente de que me molestes. Yo tengo amigos cuando tengo novio, no es incompatible. Y me gusta que mis amigos me hablen aunque mi novio esté delante. Y si no me gustas, si no quiero nada contigo, no es porque tenga novio o no. Y es que me jode mucho eso. No quiero nada contigo porque YO NO QUIERO, no porque tenga o deje de tener nada, que no soy de la posesión de nadie. Y me tienes que respetar a mí y mi decisión, no la del hombre que haya o no conmigo. No es él a quien tienes que respetar, es a mí, que no me gustas. Coño ya, joder. Me cago en todo.

En fin, que no sé qué mierda pasa con los tíos, pero desde luego no tengo ganas de averiguarlo con este tío.  

sábado, 2 de diciembre de 2017

Crecepelo que no es una tomadura de pelo.

Hace mucho que nos os cuento alguno de mis trucos como si fuera una youtuber influencer absurder de la praderer. Pero éste lo mola todo y sé que a más de una le va a venir bien.
Sabéis que yo soy bastante dejada del mundo beauty en general, pero hay dos asuntos de belleza que me quitan la vida. Uno es el melasma o manchas de la cara por las putas hormonas. El otro es el pelo. Para la cara uso de todo. Tengo unas cuantas marcas de confianza y voy alternando productos para las manchas. La verdad es que no se quitan del todo, pero las tengo bastante controladas y apenas se notan si me doy por encima un poquito de corrector.
En cuanto al pelo, llevamos un año complicado. En junio me lo corté a la mitad de como lo llevaba. Así en plan, hala, a tomar vientos. Y bien. El problema es que entre disgustos, estrés, empezar a trabajar, separarme del Ross, comer un poco peor por los cambios de hora y el trabajo por la tarde y tal... se me empezó a caer a puñados. En serio, era horrible, sobre todo por la parte de lo que serían las entradas se me cayó muchísimo. Incluso al lado de donde me hago la raya llegué a tener una zona un tanto despoblada. No es que fuera calva, porque tengo mucho pelo, pero se notaba menos densidad de la normal. Me empecé a acojonar y a pensar que los genes chungos de la familia de mi madre estaban haciendo acto de presencia.
Entonces empecé a tomar un suplemento vitamínico que recetaron a mi madre hace años y que le va muy bien (Vitacrecil, por si a alguien le interesa). También pedí cita en el dermatólogo, pero me la dieron para diciembre, así que podría haberme quedado calva esperando, literalmente. Total, que me puse a tomar esas cápsulas. También me corté de nuevo el pelo por debajo del hombro. Y, aquí viene mi consejo, compré un líquido de herbolario que se supone que estimula el crecimiento y no sé qué. Se llama Rathma y es un botecito de cristal.
La verdad es que yo no soy muy fan de los productos de herbolario y lo compré con una fe relativa. Pero bueno, son 6 euros y me dije que la pérdida no sería tanta. Según el frasquito, lo que viene son dos dosis, la mitad para cada vez. Dice que se puede usar cada 3-4 días y que se puede utilizar en cabello húmedo o seco. Como eso me parecía mucho, lo eché en un bote de spray y me lo echo por las raíces después de lavármelo, siempre en mojado, un par de veces a la semana. Obviamente, uso muchísimo menos de lo que en principio recomiendan, por lo que me cunde el bote unas diez veces más de lo que dice. Lo masajeo un poco y luego me lo seco normal, al aire en verano, con secador ahora.
Los efectos inmediatos es que es verdad que el pelo se ensucia algo menos, que coge más fuerza y volumen y que está bonito. Los efectos a largo plazo (en un mes o dos se nota) es que te crece el pelo muchísimo. A mí al menos ha sido exagerado. Tengo que hacerme las mechas un mes antes de lo que pensaba porque las raíces que llevo son horribles. No hice fotos del antes y después porque no lo pensé en su momento, pero os aseguro que me ha crecido el pelo el doble de lo normal para dos meses que lo llevo usando. También me ha salido muchísimo pelo nuevo. Tanto, que estoy renegada porque en esas zonas “despobladas” ahora tengo mechones de pelos cortos que se me quedan de punta y parecen cuernos. De hecho, voy a hacerme flequillo de nuevo porque no puedo hacerme una simple coleta sin que ese mechón se quede ridículamente de punta. Y es un señor mechón, no son cuatro pelos mal contados, no. Es una buena cantidad de pelos pequeños que me están saliendo y que van a su bola, sin atender a razones y quedarse en su sitio.
La conclusión del asunto es que este producto funciona. Hace que te crezca el pelo más rápido, hace que te salga más pelo y es verdad que le da un aspecto más brillante y bonito. ¿Lo malo? Huele a colonia cutre de hombre, tipo Varon Dandy. Lo bueno es que se va ese olor en cuanto se seca.
Quiero puntualizar que nadie me paga nada por este post. No es un post patrocinado. No es un post recomendado. No es nada más que mi experiencia. A mí me ha funcionado el liquidito en combinación con las cápsulas, pero a mí, repito. A lo mejor a otra persona no le hace el mismo efecto. Yo, bajo mi experiencia, desde luego sí lo recomiendo si quieres que te crezca el pelo más rápido o si te ha pasado como a mí y por una racha mala se te ha caído más de la cuenta. Ya me contaréis si alguien se anima a probarlo.





El líquido en cuestión. Viene en este botecito tal cual, se puede comprar en casi cualquier herbolario y cuesta unos 6 euros. (He cogido la foto de internet, yo tiré el frasco, lo siento)
Las cápsulas. También lo hay en sobres. No sé lo que cuesta porque me lo compró mi madre, pero depende bastante de la farmacia. Se supone que hay que tomarlas al menos tres meses seguidos. (La foto tampoco es mía, no tenía ganas de ventarme a fotografiar la caja)

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Menores y mayores

Cuando trabajaba en el centro de menores había tres chavales que llegaron en una situación social bastante mala por diversas circunstancias. Uno era marroquí, venido en los bajos de un camión, sin familia, ni recursos, ni hablar ni patata de español. Otro era español, con inteligencia límite y una pequeña discapacidad física, que había sufrido un acoso brutal en el instituto. Otro era colombiano, con una familia desestructurada y ciertas carencias que no vienen al caso. Por alguna razón, los tres hicieron buenas migas. Era gracioso verles, teniendo conversaciones, cada uno en su idioma y con sus maneras, entendiéndose a pesar de los obstáculos. Se reunían en el rato de descanso, compartían sus almuerzos y hablaban y se reían. Siempre nos preguntamos de qué.
Ahora, en el centro de mayores, hay mucha gente que habla el mismo idioma (supuestamente) y que ni por esas se entiende. Hoy uno con alzheimer y otro con una degeneración cognitiva grave de origen semidesconocido se han peleado. Por suerte ninguno iba armado con bastón, sólo se han insultado, vociferado y poco más.
Durante los años que he estado en paro, ha habido muchos momentos en los que he renegado de mi carrera. Ojalá hubiera estudiado otra cosa. Ojalá hubiera hecho caso a mi padre y fuera economista o abogada y al menos podría ganarme la vida aunque fuera con un trabajo que no me gustara. Creí, porque de verdad lo creí, que no volvería a trabajar de lo mío. A veces hasta llegué a creer que no volvería a trabajar de nada. Ahora se me duplica el trabajo y cada día doy gracias por la oportunidad que me ha llovido del cielo. Porque me sigue gustando ser trabajadora social. Me sigue gustando lo que hago. Y lo sigo haciendo bien.
Trabajar con menores era adrenalina pura. Era ir cada día a ver qué te encontrabas. Era reírte a carcajadas el día que estaban de buenas y llevarte hostias el día que estaban de malas. Era verte en medio de pandilleros, de bandas, de peleas, de drogas y de amoríos. Era luchar por dar un futuro a gente sin apenas pasado y que no creía en el presente.
Trabajar con mayores es mantener la rutina, repetir las cosas veinte veces, luchar contigo mismo para no sentir pena. Es esforzarte por dar un buen presente a gente a quien no le queda apenas futuro y que a menudo, no se acuerda del pasado.
Y sin embargo, hay cosas que se parecen. Tienes que tener cuidado de que no se escapen. Conocer las debilidades y las manías de cada uno. Saber cómo tratarles, quién busca cariño y con quién hay que tener mano dura. Asegurarte de que hagan las cosas bien. Que no se descarrilen, que no se enfaden, que no se salten las normas y haga cada uno lo que le da la gana. Al fin y al cabo, la magia de este trabajo es tratar con personas, tratar de hacer su vida un poquito más fácil, más llevadera.


Tuve la suerte de elegir una carrera que me gusta. Tuve la suerte de emplear mis años jóvenes y llenos de energía en trabajar con menores. Ahora tengo la suerte de tener entre manos un proyecto estupendo y de haber recuperado la fe en mí misma.  

domingo, 19 de noviembre de 2017

Doble o nada.

Los que me llevan leyendo desde hace tiempo saben que he pasado unos años en el paro. Lo he pasado mal, he tenido que pedir ayuda a mis padres, dar clases particulares y demás artimañas para intentar sobrevivir sin tener nunca ni un duro.
De repente, sin que yo hiciera nada diferente, este verano me empezaron a llover ofertas de trabajo. Yo estaba buscando, sí. Pero exactamente igual que hace tres años, así que no sé qué es lo que cambió. El caso es que me permití el lujo de rechazar algunos. Incluso de decir que no antes de la entrevista cuando lo que me ofrecían no me interesaba en absoluto.
Hice una entrevista para un trabajo que desde el primer momento me hizo una ilusión enorme. Digamos que es de lo mejorcito a lo que puedes acceder teniendo mi carrera y sin hacer oposiciones. El único problema es que en principio, no me llamaron. No me importó más de lo normal porque estaba en mi otro trabajo, yendo por las tardes y tan a gusto.
Y así he pasado los últimos seis meses. Trabajando por las tardes, con unas compañeras más que estupendas, con un trabajo agradable, un horario relativamente cómodo, un sueldo muy pequeño pero que me daba para cubrir gastos haciendo algún sacrificio y unas condiciones en general buenas. Incluso nos renovaron contrato por mucho más tiempo del que esperábamos.
Y entonces, cuando estaba casi conforme con tener este trabajo por mucho tiempo y con la única esperanza de algún día aumentar horas o ascender un poco, me llamaron de ese trabajo que yo quería. Ese de la entrevista en junio que no me llamaron. Me explicaron que la puesta en marcha del servicio se había retrasado por el verano, pero que ya se iba a empezar y que me querían a mí.
La verdad, fui a la entrevista con la idea de exigir tantas cosas que me mandaran a la mierda. Yo tenía mi trabajo y mi comodidad. Pero me dijeron que sí a todo. Y me ofrecieron más cosas. Me dijeron que me querían a mí y que qué tenían que hacer para conseguirme.
Y me vendí. Como una mercenaria. Y a mucha honra, oiga.
El caso es que entre mis condiciones, una de ellas fue que no iba a dejar mi otro trabajo de por las tardes hasta diciembre, así que empezaría trabajando pocas horas. Me dijeron que sí. Y con horario flexible. Sí. Y a veces desde casa. Sí. Y además me darían un ordenador. Sí. Y un móvil. Sí. Y una funda para el ordenador. Sí. Y un mono. Y un amiguito para el mono. Bueno, no, eso ya no.
Total, que después de años de mendigar por un trabajo de lo que fuera, ahora tengo dos de lo mío y lo que mendigo son horas de sueño, de descanso, de poder comer sentada, de poder ducharme sin mirar el reloj, de poder ver mis series y escribir mis mierdas. Por eso apenas paso por vuestros blog, ni comento, ni hago nada. Apenas escribo aquí. Porque literalmente, no tengo tiempo. Y lo siento, pero estoy contenta. Necesitaba este chute de emoción, de empezar de cero, de sentirme útil y valorada. De acordarme que soy una buena profesional, que soy resolutiva y decidida y que aprendo rápido y que lo hago bien. Necesitaba sentirme algo más que la que friega y cocina.


Total, que no dejo el blog, ni siquiera digo que me tomo un tiempo, porque trataré de publicar de vez en cuando y desde luego, el resumen del año y tal, que va a dar para bastante. Pero perdonadme las ausencias. Volveré. Como Terminator. O como lo que sea. Pero volveré a tener vida y tiempo y el blog volverá a ser una de las cosas en las que gastaré mi tiempo libre tan feliz. De verdad.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Un reto de bigotes, un carro robado... y una mierda.

La semana pasada fue... larga. El miércoles salí de trabajar y me fui a tomar algo con Álter y unos cuantos amigos de los gatos para celebrar Halloween. Nos dieron unas máscaras muy chulas y colaboramos en un proyecto para recaudar comidita para gatos que lo necesitan. Aún estáis a tiempo de echar una pata, mirad el Blog de una madre desesperada que explica muy bien el #Retodebigotes.
El jueves fue fiesta y me fui a pasar el día con mi familia casa de los yayos, lo que está muy bien, pero es más cansado de lo que parece. El viernes fui por ahí arrastrándome como pude y el sábado me tocó trabajar.
Digamos que cuando por fin salí a las 8 de la tarde y me subí en el coche (los sábados me lo puedo llevar al trabajo) lo único que quería era llegar a casa, hacerme una sopa de sobre y dejarme morir en el sofá hasta el día siguiente.
Obviamente, no ocurrió así.
Primero, como hemos cambiado de oficina, que maldita la hora del cambio, salí por una calle que no conocía, hice mal un desvío y terminé en la carretera de Zaragoza. Que a ver, que igual es muy bonita Zaragoza, pero no me apetecía lo más mínimo irme allí a ver a la Pilarica y cantarme unas jotas. Que yo quería volver a mi casa. Di un par de vueltas, me metí por un polígono industrial que daba un poco de yuyu y al fin, conseguí ponerme en la dirección correcta de la M30.
Llegué a mi barrio más tarde y más cansada de lo que esperaba, pero me fui al mercamoñas porque mi frigorífico parecía haber sido asediado por Atila y los Hunos más hambrientos. Compré ante la mirada de los cajeros y reponedores, que te juzgan por llegar cuando están a punto de cerrar. Y no me gusta hacerlo, pero mira, he tenido que trabajar, me he ido a dar una vuelta por Zaragoza, que me pillaba de paso y no he podido llegar antes.
A todo esto, me intentaron robar el carro. Así, tal cual. Cogí mi carro, lo tenía al lado mientras cogía unas patatas y antes de que me diera tiempo a ir a pesarlas y ponerles la pegatina, veo una tía que coge mi carro y empieza a andar. Me quedé tan atónita que tardé unos segundos en decirle:

  • Perdona, ese carro es mío.

La tía seguía andando con mi carro y la tuve que sujetar agarrando el carro de un lateral.

  • Te he dicho que el carro es mío.
  • ¿Ah, sí? Pues estaba ahí solo.
  • No, es mío, estaba cogiendo patatas justo al lado.
  • Pero es que estaba solo y vacío.
  • Ya, porque acabo de llegar, pero es mío.
  • Bueno, pero...
  • Mira, los carros vacíos están fuera y tienes que poner una moneda. Los de aquí dentro los ha cogido alguien CON SU PROPIA MONEDA.

Y me di la vuelta con mi carro y mis patatas. No sé si era despiste o sólo un poco de mala idea, pero a esas alturas estaba yo para pocas bromas. Así que terminé la compra, cargué el coche y me fui a casa. Sólo tuve que dar unas veinte vueltas para aparcar, haciendo una especie de rally con el vecino detrás en su propio coche, ya que éramos dos y en caso de haber sitio, iba a ser uno. Una competición muy absurda, calle arriba calle abajo con las patatas rodando por el maletero y mirándonos mal por el retrovisor. Al final gané yo y aparqué en una calle que se había quedado sólo con la mitad de las farolas. Cogí mis bolsas, las llaves, el megabolso del curro, las llaves del coche y me fui acelerando el paso y sin ver un carajo.
Cuando conseguí meterme en el ascensor e iba a pulsar el botón de mi planta, abre el portal el vecino. “Te he ganado por un cuerpo, chaval”, pensé un poco maliciosamente. Le di al botón de mantener la puerta abierta porque me han enseñado una cosa muy antigua y poco valorada hoy en día que se llama educación. Y entonces, el muy anormal, me dice “nonono... yo subo ya andando...” y echa a correr escaleras arriba. Mira, hay que ser gilipollas. Como estaba muy cansada, cargada de bolsas y harta del día, le dije “Pues tú mismo, chico”. Y cerré la puerta y pulsé mi piso.
Entonces empezó a ocurrir. Un olor raro, malo, horrible. Pensé que otra vez alguien habría bajado basura chorreando. O los niños del segundo, que son unos guarros. O... estaría debajo de mi puto pie porque había pisado la mierda más apestosa de la historia de las mierdas apestosas.
Por un momento me alegré de que mis vecinos huyan de mí. Luego lo pensé. Qué pena, con lo que hubiera disfrutado viendo su cara al olerlo.
Total, llegué a casa tardísimo, descalza, con las botas apestosas en la mano, las bolsas colgando del hombro que amenazaba con salirse del sitio, despelujada y a punto de echarme a llorar.
Menos mal que me estaban esperando mis gatos y una taza de sopa de sobre.

Espero que esta semana no se haga tan larga o que al menos no haya ninguna mierda. Literalmente.

miércoles, 25 de octubre de 2017

La falsa adulta

A veces creo que me he hecho adulta. Así en plan “vaya, qué mayor y qué madura soy”. Luego descubro que aún soy la Naar adolescente pero con la piel estropeada.
Esta mañana me levanté temprano aún no sé por qué. Estoy en una de esas fases de dormir poco. Otra vez. Y he pensado en ir al carrefour a por un teléfono inalámbrico nuevo, que el mío está para tirarlo a la basura. He llamado a mi madre, me he arreglado y he salido a la calle con las llaves del coche en la mano. En el portal he hecho mi propia versión del gif de Travolta en Pulp Fiction. ¿Dónde cojones estaba mi coche? ¿Eso no era el título de una película mala? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas si no bebo ni fumo sustancias psicotrópicas?
He pensado un segundo y me he encaminado hacia un lado de la calle. 50% de posibilidades de acertar. Encuentro mi coche. Mira qué mono él. Me miro la mano. Llevo las llaves del coche de mi madre porque el mío tiene la itv sin pasar y aún estoy esperando para llevarlo al taller como expliqué en el post anterior. Vale, estoy buscando otro coche. Y de nuevo ¿dónde cojones está el puto coche?
He dado varias vueltas. He tratado de estrujarme el cerebro ese absurdo que tengo mientras, por cierto, tarareaba la última canción de moda en el show de Naar. Por suerte, el hit de hoy no era el pavo real del Puma. He llamado a mi madre, no sé con qué fin porque ella vive en la otra punta del barrio.

  • Mamá... no te lo vas a creer, pero no encuentro el coche.
  • Eso es que eres hija de tu padre. - suelta una risilla. - ¿Recuerdas aquella vez que creía que se lo habían robado y nos tuvimos que quedar a dormir en casa de P y T siendo tú pequeña?
  • Sí, recuerdo. - admito con cierta derrota genética.
  • ¿Y cuando de verdad nos lo robaron y tú no nos creías?
  • Mamá, va en serio, no encuentro el coche... ¿Tú no sabes dónde está, verdad?
  • No. Pero una vez tu padre se montó en un coche que no era el suyo y...
  • Te llamo en un rato.

He vuelto a casa, he cogido las llaves de mi coche. Yo iba a ir al carrefour a por mi teléfono como fuera, con o sin itv, con o sin coche abollado. Cuando he llegado a mi coche, lo he visto. El de mis padres ataba apenas veinte metros más arriba.
Me he ido al carrefour. Me he comprado unas botas monísimas. Un suavizante para la ropa que es gloria bendita. Lejía. Pan. Y una sandwichera-grill.
He vuelto a casa con el tiempo justo de comerme un bocadillo y salir como loca para el trabajo, donde me encuentro a una de mis compañeras que me dice “¿te creerás que he venido y hoy me tocaba librar? Jajaja, lo que no me pase a mí...” ¿Lo que no te pase a ti? Mira, yo no encuentro mi propio coche y no me hace gracia tu error porque cada día, cada puñetero día, miro veinte veces el calendario porque tengo miedo de ir y que me toque librar o, peor aún, no ir y que me tocara trabajar.
En la oficina la jefa nos dice que el viernes no podemos ir porque nos mudamos de oficina y que lo cambiemos con otro día libre que tengamos, el que sea. Vale, el 30 de noviembre, que queda mucho y sabe Dios lo que será de mí para entonces. Tendré que trabajar un montón de días seguidos... pero ya lo pensaré mañana, Scarlett dixit. De repente me doy cuenta. Si libro viernes... tengo tres días libres. Seguidos. Wiiiiii...
Así que cuando he llegado a casa he comprado los últimos billetes que quedaban y me voy a Granada a ver al Niño Chico. Al carajo todo. Fuck everything. Le iba a llamar para decírselo cuando me he dado cuenta que entre todas las cosas que he comprado en el carrefour no está un teléfono nuevo. Vale, creo que empiezo a merecer una medalla por sobrevivir a este día de mierda. Le he tenido que avisar por wasap.
Y entonces, justo cuando ya me iba a acostar he oído un ruido en el baño, me he asomado y veo a Maya salir con cara de culpable. Conozco a mis gatos como si los hubiera parido y Maya pone ojitos cuando ha hecho algo que no debe. Y no sé qué fijación tiene esta gata con mis pendientes que siempre que puede me los roba. Efectivamente, al lado del lavabo sólo había uno. Me he puesto a buscar el otro a la desesperada. Tengo pánico a que se lo trague, porque todo lo coge con la boca. Suele ser cuidadosa, PERO. Por más que he rebuscado no lo encontraba así que me ha empezado a entrar la temblequera. Ay, que se lo ha tragado, mi niña, mi niña pequeña, ay madre mía. Entonces me ha dado por pensar. Su cara de culpable era peor que por haberse comido algo.
Así que a las dos y media de la mañana, me he puesto a desmontar el sumidero para ver si lo había colado por ahí. Efectivamente, ahí estaba la mariposita verde, brillando entre un montón de roña. La he rescatado con unas pinzas de las cejas y me he puesto a fregar compulsivamente el sumidero por dentro. ¿Por qué no me había dado cuenta de que estaba tan sucio? ¿Por qué me pasan estas cosas de madrugada? ¿Por qué no estoy durmiendo como las personas de bien? ¿Por qué no soy una adulta normal, con todo controlado y sin sobresaltos absurdos a las tantas de la noche?

Pues aunque no lo creáis, tengo respuestas. Me pasan estas cosas porque soy una farsante. Parezco adulta, pero no lo soy. De verdad que no. No soy responsable, no estoy atenta de las cosas que se supone que debería estar, no me acuesto a horas razonables y no hago lo que hace la gente de mi edad. Y por eso también tengo un blog. Porque a quién carajo le podría contar yo esto. Mis amigos están muy ocupados con sus cosas de adultos de verdad, con sus embarazos, sus hijos, sus problemas bien feos en los que no me gustaría verme. Y yo ando por ahí, buscando mi propio coche, hablando con mis gatos, desmontando desagües a las dos y media de la mañana y escribiendo posts cuando no puedo dormir. Soy la peor adulta EVER. Y ahora que no me oye nadie, también os digo una cosa: menos mal. Menos mal que mis problemas son estos. Menos mal que mi cerebro canta el pavo real en bucle. Menos mal que no encuentro mi coche. Menos mal que mis amigas del trabajo también son un caos y nos reímos las unas de las otras de nuestra propia idiotez. Menos mal que Maya no se traga cosas y sólo se dedica a esconderlas. Menos mal que el sumidero ya está limpio por dentro. Y menos mal, menos mal, que tengo un blog para contarlo.


lunes, 23 de octubre de 2017

El coche limpio... y abollado.

El jueves pasado fue un día de esos que te planteas si te estarán grabando con cámara oculta o si tu vida es el show de Naar o qué puñetas pasa. Me tocaba librar en el trabajo, así que pensaba tomarme el día con relativa calma. Ay, qué ingenua.
Tuve que ir temprano a hacer una cosa muy importante que os contaré cuando llegue el momento. Y obviamente, como era muy importante, me quedé dormida. Así que me levanté con el tiempo justo de ducharme mientras me cepillaba los dientes, vestirme mientras me tomaba una infusión y salir corriendo mientras me terminaba de maquillar en el ascensor. Todo bien.
A todo esto, me había llevado el coche de mis padres porque el mío estaba en el taller para ponerle a punto para pasar la itv. Dejé el Ibiza de mi madre en el despacho y me fui al taller a por el naar-bólido. Al final resulta que había que hacerle más cosas de las que esperaba y fue una clavada, pero el hombre se había apiadado de mí y me lo había limpiado. Limpiado de verdad, de por fuera y por dentro y los asientos y el salpicadero y todo. O sea, limpio. Limpio como cuando lo saqué del concesionario hace doce años. Y lo remarco tanto porque en esos 12 años no se había limpiado nunca, así que el impacto era enorme. También me había arreglado el faro roto, el guardabarros descolgado y blablablá. Que parecía otro puto coche, os lo juro.
Me fui tan contenta con él y con mi madre de copiloto a echar gasolina. Qué bien olía, oye. Y qué limpio, de verdad, qué limpio. Yo sólo lo sentía por la cosecha de patatas del suelo y los puerros que estaban ya creciendo entre los asientos, pero bueno. En esto que según estoy llegando a la gasolinera, en la calle de mi antiguo instituto, toda llena de madres en doble fila y atasco de adolescentes saliendo, veo que el coche de delante de mí pone la marcha atrás. Vale, quiere aparcar. Miro por el retrovisor, tengo otro coche pegado a mi culo. Pongo marcha atrás para que vea que quiero retroceder y dejar al de delante. El de delante sigue dando marcha atrás. Le pito. Le pito. Le pito más. Y efectivamente, me da un golpe.
Y de repente, encima de que me ha dado, se abre la puerta del conductor y sale un tipo enfurecido y gesticulando. Bajo la ventanilla y antes de poder decir nada me suelta:

-  ¿Eres tonta? ¿No ves que estoy dando marcha atrás? ¡¡Manda huevos!
- Sí, los tuyos que te impiden hacer dos cosas a la vez, anormal.

Total, me fui tres metros adelante, aparqué y salí del coche como una furia mientras mi madre me decía cosas que no escuché.

- A ver, - me dice el memo con toda su condescendencia. - Si ves que estoy echando marcha atrás...
- Pues me volatilizo
- ¿Qué?
- Has puesto marcha atrás, he intentado retroceder pero tenía otro coche detrás, ¿qué quieres que haga? Te he pitado y no has escuchado. - le explico, porque no parece muy listo.
- Es que si ves que el de delante tiene marcha atrás...
- Y si tú miras por el retrovisor y oyes que están pitando...
- Pero es que la marcha atrás... - y dale perico al torno.
- A ver, te lo voy a explicar otra vez. Poner marcha atrás no te da derecho absoluto sobre el universo. La pones y miras a ver si puedes hacer la maniobra. Y no sé en qué estabas pensando o qué estabas haciendo para no verme y no oírme cuando te he pitado como loca. Yo no podía echarme hacia atrás porque había otro coche. ¿Lo entiendes?

De repente el tío me mira con esa expresión que se te queda cuando ibas cargado de razón y te desmontan. Cuando encima es una tía la que te está dejando en evidencia. Cuando crees que vas a pegar tres gritos y a decir que manda huevos y vas a asustar a alguien pero te está plantando cara. Así que vuelve a levantar la voz y me dice:

- Mira niña, que a mí me da igual el coche, que es de renting.
- Mira tío, a mí sí que me da igual tu puto coche, pero no el mío que encima lo acabo de sacar del taller.
- El mío es de renting y...
- Que no me cuentes tu vida, si tienes algún problema llamamos a la policía.
- …y que si quieres que te haga un parte, te lo hago, que no tengo problema.
- Y si tienes problema también lo vas a hacer, así que tú mismo.

Llamé a la mutua y dimos los datos. Así que ahora estoy esperando a que me llamen del taller y me cambien la aleta lateral y el parachoques. Cosas, que por cierto, estaban algo abolladas de antes. De verdad que me va a quedar el coche que no voy a reconocerlo. Pero vamos, para una vez que lo limpio me lo limpian y mira lo que pasa. Nota mental: no volver a limpiarlo nunca.

El problema y/o moraleja de esta historia es que creo que el tío era un gilipollas y que me hubiera hablado en mal tono aunque yo me llamara Manolo y calzara un rabo de 20 centímetros. No le estoy acusando de machismo de forma aleatoria. Pero me jode esa condescendencia y ese “mira niña” que obviamente se hubiera ahorrado en caso de yo ser Manolo el del rabo gordo. Y me jode que en vez de estar a lo que hay que estar cuando se conduce estuviera a por uvas totalmente (aún no me explico cómo pudo no verme y no oírme). Y me jode tener que echarle ovarios y enfrentarme a esa situación absurda de dar voces y plantar cara a un desconocido porque en lugar de tener civismo y decir “oye, lo siento, te he dado y es mi culpa” me intenta echar el marrón.

Cuando volví al coche mi madre me miraba como si fuera una heroína de comic. Mi pobre madre, siempre tan correcta, tan educada. Creo que a veces se pregunta cómo ha podido tener una hija que esté tan loca y no tenga miedo a nada con menos de ocho patas.